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Una Campanilla llamada Ale

La marioneta

La marioneta

A Ale le « trayó » Papá Noel dos marionetas : una princesa y una bruja, se pueden imaginar quién es la princesa y a qué mano fue a parar la bruja. A mí siempre me gusta romper los esquemas y cambiar los papeles para enseñar a mi guiñolín de tres años que nada es lo que parece, o al menos nada tiene por qué ser lo aparentemente es, “lo esencial es invisible a los ojos”que decía El Principito, el caso es que aunque a mí, la pequeña directora de la función, nada más ver las dos marionetas, me asignó la bruja –por si alguien tenía alguna duda, yo la convertí inmediatamente en princesa diciéndole que mi bruja era una princesa disfrazada y que su princesa realmente era una bruja. La niña se quedó mirándolas de arriba y bajo y dudó, lo que me parece todo un avance, pero su gran golpe de gracia fue cuando empecé a representar una pequeña función con ambos guiñoles y a ponerles voces raras. Entonces ella cogió a la bruja, metió su pequeña mano por debajo de la tela, se la queda mirando y me dice: ¡papá a mí la bruja no me habla como a ti!.

BOTIN DE GUERRA

BOTIN DE GUERRA

Tengo en mi biblioteca dos libros que son botín de guerra. Fueron impresos hace tres siglos y se encuentran en buen estado, pese a las circunstancias en que cayeron en mis manos. La palabra botín de guerra no es casual. Y no tengo remordimientos. Uno lo rescaté entre las ruinas de un pueblo fantasma llamado Vukovar, y otro en el incendio de la biblioteca de Sarajevo. Transmitidas las imágenes para la tele -lo primero era lo primero- trabajé después con algunos voluntarios en salvar libros y documentos de las llamas. Fue un día dificil, con los francotiradores y los artilleros serbios hijos de la gran puta- dificultando la tarea. Así que al final decidí recompensarme a mí mismo eligiendo un libro al azar, sin que ninguno de los allí presentes pusiera pegas. Tal vez pensaban que me lo había ganado.

De vez en cuando limpio y aireo esos libros mientras recuerdo, y reflexiono. Es curioso: creci entre libros, formé luego mi propia biblioteca, y durante cierto tiempo tuve la seguridad de que, si un día no tenía sucesores dignos de ella; preferiría verla desaparecer antes que dejar mis libros atrás, dispersos, huérfanos, sujetos a la estupidez y a la maldad humana, o al azar. En sueños me imaginaba pegándole fuego a la biblioteca antes de hacer mutis por el foro. Un mechero, gasolina. Fluosss. A tomar por saco. La maté porque era mía.

Háganse cargo. La certeza de la fragilidad de la vida, adquirida en lugares donde bibliotecas y seres humanos se convertían fácilmente en cenizas, acabó convenciéndome de lo provisional que es todo. Por eso nunca quise poner en mis libros una marca de propietario. Ni siquiera una firma. Como asiduo de librerías anticuarias y de viejo, veía demasiadas dedicatorias y ex libris que siempre me causaban inmensa tristeza; la misma que al mirar viejos juguetes o muñecas en un escaparate polvoriento, cuando te preguntas dónde están los sueños y las ilusiones de los niños que jugaron con ellos.

Sin embargo, en los últimos tiempos algo ha cambiado. Tal vez porque envejezco, o porque al cabo uno comprende que el amor a los libros, a las personas, a lo que sea, atormenta demasiado cuando lo perturban el egoísmo, la incertidumbre, el miedo, el deseo de conservar a toda costa, más allá de lo posible, lo que la vida entrega y arrebata con inapelable naturalidad. Caí en la cuenta hace años, al conseguir una primera edición muy deseada. El ejemplar tenía un antiguo ex libris: don Cosme Tal, digamos. Y de pronto pensé: diablos. Si don Cosme Tal, cuyos descendientes, si los tuvo, quizá fueron indignos de conservar este libro, hubiera sabido que alguien, ahora, iba a pasar con cuidado estas páginas, a acariciar la piel de su encuadernación y a acogerlo en una biblioteca junto a otros hermanos rescatados, como él, de los innumerables naufragios de infinitas vidas, sin duda habría sonreído satisfecho, tranquilizado por la suerte de ese libro que amó hasta el punto de marcarlo con su nombre y su emblema.

Ese día, supongo, comprendí qué un libro, como todo, es sólo un depósito temporal. Que al fin desaparecemos mientras la vida sigue, y que los libros también deben vivir su aventura, sujetos a los avatares e incertidumbres de la existencia. Morir, vivir, deshacerse entre las manos de lectores, ser víctimas de la ignorancia, la barbarie, la maldad. Y así, con el tiempo, los supervivientes, uniéndose y separándose unos de otros, como hacemos los hombres que los crearon, llevan en sus páginas y en su encuadernación su propia historia. Su propia vida.
Por eso ya no sufro por mi biblioteca. Sé que un día se verá destruida o dispersa, pero no me angustia esa idea. Aunque algunos de mis libros se pierdan o perezcan en esa diáspora inevitable, otros volverán al mundo para ser rescatados de nuevo y hacer la felicidad de afortunados lectores que tal vez no han nacido todavía. Y un día, quizás, esos lectores pasarán sus páginas con el mismo cariño y atención con que yo lo hice. Y cuidándolos, atesorándolos, leyéndolos, tal vez intuyan en esos viejos y nobles libros las huellas centenarias de las manos que los acariciaron o maltrataron, los fantasmas sonrientes de quienes nos inclinamos sobre ellos persiguiendo placer, conocimiento, lucidez. En busca de respuestas a las preguntas que desde hace siglos nos hacemos todos.

El Semanal 28 de diciembre

El último tango de Rodolfo

El último tango de Rodolfo

Disfruté cuando contaba con veinte años de la amistad de un juez argentino que era coleccionista de pistolas, un tipo muy singular sin duda. Aquel hombre era el ser más pacífico que he conocido en mi vida, hacía años que era vegetariano y en su casa las moscas las mataban sus hijos. Por su puesto nunca se le había pasado por la cabeza tirar (perdón por la redundancia) de la colección para solucionar los “pequeños detalles” de la vida cotidiana. Compartió conmigo una gran verdad, que no era sólo aplicable a las armas que coleccionaba: “las pistolas -me dijo, son como las palabras, por naturaleza son neutras, matan depende del uso que hagamos de ellas”. Ya se sabe que todo argentino lleva un sicoanalista dentro y aquel, lo era además por titulación. Luego me enteré también que era médico y que en su larga y curiosa vida profesional había sido juez, forense, masón e investigador –no me atreví a preguntarle nunca de qué- de ahí sus conocimientos en todas estas materias, incluido el de las armas.

Conté con su amistad un par de años, ¿se imaginan la estampa de un joven de veinte años, las tardes de un domingo, sentado en el sofá de una casa delante de un persona que le triplicaba la edad y escuchando unas aventuras increíbles?. Por aquel entonces yo ya no tenía a mis abuelos que fueron quienes alimentaron mi imaginación de pequeño, sobre todo con las historias de la guerra. Aprendí mucho de aquel hombre, me contó cosas de la dictadura argentina que a mí me recordaban a cosas de por aquí, él mismo había tenido que irse del país, lo habían intentado asesinar una noche, me dijo. Tuvo una vida increíble. Estaba casado por segunda vez, su primera mujer la había visto ahogarse en una playa de por allá sin que él pudiese hacer nada por ella, “muy doloroso, muy doloroso” me repetía siempre y aún se emocionaba recordándola. Vivía aquí de rentas, con su segunda esposa que era dentista y sus dos hijos, solitario, aburrido. Era capaz de conducir y mirar un callejero a la vez, ¡se lo juro!, nunca vi cosa igual, tenía el cerebro dividido –me dijo en una ocasión, y podía hacer varias cosas a la vez. Doy fe de ello. Aquel hombre podía haber sido lo que se hubiese propuesto, y hasta que alguien “propuso” por él, sin lugar a dudas lo fue. Era un gran escritor y un mejor contador de historias, había vivido las suficientes como para poder vivir de ellas varias vidas. A mí me esas cosas, ¿qué quieren que les diga? me fascinan y asistía domingo tras domingo a su casa encantado mientras a mis amigos, que se iban de discoteca, lo propio de la edad, les decía que me quedaba en casa estudiando. A mis padres les decía justo al revés, todo solucionado y todos tan contentos.

D. Rodolfo, que así se llamaba aquel argentino que era tantas cosas, me contó muchas más acerca de cómo eran las mujeres y de cómo era el matrimonio con ellas: “casi todas las novias son agradablemente diversas; casi todas las esposas con increíblemente iguales” –me dijo en una ocasión. Tenía un perro que se llamaba Trostky, su amigo, y había desarrollado con muchísimo ingenio un test al que le había puesto el nombre del “Test de Trostky”. Dicho test era una recopilación de citas que hoy podemos encontrar en cualquier Diccionario de Citas pero que hace doce años era más complicado hallarlas y mucho más encontrarlas recopiladas en algún libro. Algunas de aquellas grandes verdades eran reflexiones de él, de quien atesoraba, por experiencia propia sin lugar a dudas, algunas aventuras digamos que “moralmente poco aprobables” eufemísticamente hablando y hablaban sobre la mujer y de los pequeños inconvenientes de unirse a ellas en santo matrimonio.

“Infinidad de canciones loan al amor; ¿cuántas hay referidas al matrimonio?.” Trostky

“Las historias de amor finalizan trágicamente: los enamorados se separan, se mueren, o se casan.” Trostky

D. Rodolfo tenía el hábito de levantarse a las seis de la mañana -domingos incluidos- y desayunaba media hora de tangos para así poder vivir el resto del día placidamente porque –según él, ninguna historia en su vida podía ser peor que las que cantaban aquellos tanguistas.

La ciudad en la que vivo es lo suficientemente grande para perderse y que nadie le encuentre a uno, y lo suficientemente pequeña como para si uno quiere encontrarse con alguien, lo haga, así que un día, hace tiempo, después de muchos años sin saber de él, yo incluso pensaba que se había vuelto a Argentina, lo encontré.
-¡¡D. Rodolfo!!!, ¿sabe que usted tenía mucha razón en cuanto al matrimonio y las mujeres?. Debo confesarle avergonzado que no le hice mucho caso.
-Si le sirve de consuelo, me dijo él, yo tampoco me lo hice.

Hace unas semanas me enteré que D. Rodolfo había decidido partir para la “Argentina que está en los cielos...” probablemente para reunirse con su primera mujer a la que nunca había dejado de amar. “Nunca se olvida la primera: la primera vez, la primera mujer, la primer amante” me dijo en alguna ocasión.

Amigo, nunca olvidaré sus consejos, aunque sea para no hacerle caso, como usted me recomendó. Hoy, mi Cuento de Navidad va por vos boludo, y me pongo su tango preferido en su honor para despedirle.

“Adiós muchachos, compañeros de mi vida,
barra querida de aquellos tiempos;
me toca a mí hoy emprender la retirada,
debo alejarme de mi buena muchachada.

Adiós muchachos, ya me voy y me resigno;
contra el Destino nadie la talla...
Se terminaron para mí todas las farras,
mi cuerpo enfermo no resiste más.

Acuden a mi mente
recuerdos de otros tiempos,
de los bellos momentos
que antaño disfruté
cerquita de mi madre,
santa viejita,
y de mi noviecita
que tanto idolatré.

¿Se acuerdan, que era hermosa,
más bella que una diosa,
y que ebrio yo de amor
le di mi corazón?
¡Mas el Señor, celoso
de sus encantos,
hundiéndome en el llanto
se la llevó!.

Es Dios el juez supremo,
no hay quien se le resista;
ya estoy acostumbrado
su Ley a respetar,
pues mi vida deshizo
con sus mandatos,
llevándose a mi madre
y a mi novia también.

Dos lágrimas sinceras
derramo en mi partida
por la barra querida
que nunca me olvidó;
y al darle a mis amigos
mi adiós postrero,
les doy con toda mi alma
mi bendición.”

Nochebuena

Nochebuena

En días como el de hoy la niña que vive en las estrellas viene a verme, baja de puntillas de nube en nube hasta llegar a lo alto de la montaña, entonces se sienta y la veo dejarse caer por la ladera como si fuese un tobogán. En su descenso esquiva de izquierda a derecha los árboles del parque que aquel cantante dijo que “habían jurado que no crecerían hasta que tú volvieses” y antes de tocar el suelo sus pequeñas alitas la elevan hasta llegar a ti, mi barco, mi sueño, mi hija, mi vida.

En días como el de hoy te escribo porque no te tengo y como el preso, mi única libertad es imaginarte. Te escribo para traerte aquí conmigo, para que te sientes a mi lado y que el tiempo no pase, para vivir una Nochebuena que nunca tuvimos y que dure toda la vida, la nuestra.

¡Feliz Navidad!
Carpe diem!

Mi vida según Xuan

Mi  vida según Xuan

“El secreto de aburrir está en contarlo todo. Por eso aquí se cuenta tan solo a medias, dejando una penumbra adrede, y avisando ya desde las primeras líneas que de la verdad de lo que fue, o intuí o soñé, y aquí se cuenta, la mitad de la mitad. Admirador de Zola y de Balzac, nunca aspiré a ser un realista. Si yo siempre tuve problemas para enfrentarme con la vida, ¿por qué iba a adoptar una posición estilística que no cuadraba, ni cayendo en imposturas, con mi carácter?. Confieso que cuando se me exigió que echase a andar los mecanismos de la inteligencia práctica para solucionar problemas reales siempre opuse el sueño y el ideal como medidas paliativas. Y así me fue, y me va.

Escribo en una lengua, el asturiano, que muy pocos hablan, que muchos menos leen. Mi mayor ambición literaria es retratar la vida, como fue o como soñé que era, de un lugar que no tiene más de cuarenta habitantes.

Vi como moría un mundo y quiero dar noticia de él: ¿qué les importa a ustedes si la casa tenía las paredes encaladas o de piedra viva, si en aquel alto había un roble o un depósito de agua, si ese pastor lee a Julio Verne o pierde el tiempo en fabricar flautas?. Son detalles, que tan sólo tienen importancia en el momento en que se dicen. Yo invento, quiero decir, aspiro a inventar la verdad, y para ello no conozco mejor método que contar mentiras. Ya lo hacía de niño: mi imaginación se soltaba y era capaz de convencerme a mí mismo de que había pasado lo que de ninguna manera había pasado. A partir de ese momento, era muy fácil convencer a los mayores de que realmente había sucedido lo que no había sucedido, contándoles a todos mi excitación.

La verdad también se inventa: la vida, se mire como se mire, es siempre una mentira más o menos bien contada.”


Xuan es mi amigo y este pequeño relato parece escrito para mi describir este cuaderno bitácora. Él se empeña en decirme que no, pero ¿a quién creer?, ¿al escritor que escribe cuentos como éste ó a Xuan?.
Xuan lleva lo hermoso que escribe en su nombre, y además es de aquí.

"Historia universal de Paniceiros"
Xuan Bello

Un pobre en Navidad

Un pobre en Navidad

Voy a confesarles un temor. La verdad es que cuando me lancé a escribir el diario de Ale -hace ahora casi dos años- pero sobre todo cuando empecé a hacerlo con el compromiso de publicarlo aquí, casi a diario, pensaba que tal vez un día me podía quedar sin nada que contar pero me voy dando cuenta que eso es difícil, si no escribo más es porque no tengo tiempo (las anécdotas se acumulan), o porque no paso más tiempo con la niña. Cuanto más escribo más facilidad encuentro para provocar la imaginación de Ale que no nos engañemos, alimenta la mía propia y de paso este infantil cuaderno de bitácora.

Ayer íbamos paseando por la calle y me abordó un pobre hombre que a la vez el pobrecito era pobre.
-¿Qué quería ese señó papá? –me preguntó la pequeña Santa Claus.
-Nada Ale, que le diese una moneda –le respondí.
-¿Y se la diste papá?.
-No Ale, no se la di.
-¡Claro! –me dice ella, porque si tú se la das entonces nosotros somos pobres.

Memorias de África

Memorias de África

Un recorrido por la intensa peripecia vital en África de la escritora danesa Karen Blixen. En esa tierra encontrará una fuente de inspiración y el gran amor de su vida Denys Finch, un espíritu libre, que acabará siendo la trágica víctima de sus ansias de vuelo. Una experiencia tan intensa como breve, no pudo ser abatida por la enfermedad ni por la muerte de su amado, pero los imponderables económicos terminarían por hacerla claudicar, y hubo de retornar a su país, para, desde allí, soñar durante el resto de su vida con aquella tierra a la que ya no habría de volver jamás.

Las mil y una formas de quitar el hipo

Las mil  y una formas de quitar el hipo

A Ale le entró el hipo el otro día. Estaba muy disgustada porque decía que no podría ni comer ni dormir si seguía con él, así que nos pusimos manos a la obra, en medio de la calle, a intentar que el hipo se fuese. Empezamos con la gimnasia y Ale se tocaba la puntitas de los pies, seguimos con los sustos pero Ale se ría más que se asustaba y acabé cogiéndola por los tobillos y poniéndola boca a bajo, allí cayó de todo, ahora me explico porque los bolsos de las mujeres son como una gran superficie, porque de pequeñitas ya lo llevan en los bolsillos de sus abrigos, como Ale: dos tazos, dinero, un pañuelo, un cromo de un jugador de fútbolo del español ¿?, cacahuetes, en fin, cayó de todo menos el hipo que seguía allí con nosotros, y Ale desesperada. Entonces –le dije, sólo hay una forma de que el hipo desaparezca. ¿Cuál? –me preguntó ella con cierta urgencia. Hacer un truco de magia –respondí yo con una seguridad que hasta yo mismo creí que llevaba toda la vida dedicándome a ello. Así que entramos en el primer supermercado y compramos un botellín de agua. Tienes que hacer lo siguiente Ale: “bebes un sorbo, aguantas la respiración y cuentas hasta cinco con los dedos de tu mano mientras yo pronuncio una palabras mágicas”. Oigan, no sé si el gran Tamariz estaba de mi parte ese día pero aquello funcionó, así que le dije a Ale que realmente el hipo cuando se va no desaparece así sin más, se va de un niño para meterse en otro y ella me miró con sus ojos grandes como diciendo: “¡¡¡Vaaaaaaaaaaaaaaaya, cuánto sabe mi papi y qué suerte he tenido!!!”. Pues sí Ale, continúe yo embalado viendo su cara de emoción, es como la energía, ni se crea ni se destruye, sólo se transforma pero entonces ella me puso cara de watio, bueno a decir verdad, de kilowatio, de 33 kilowatios que es exactamente lo que pesa.

La serpiente

La serpiente

El sábado compramos una serpiente. La pequeña exploradora llevaba detrás de ella desde que vio El libro de la Selva así que no tuve más remedio que ceder a sus pretensiones sino quería verme amenazado, un día, por una de verdad, lo que a todas luces hubiese sido bastante peor, así que preferí el remedio a la enfermedad -para que luego digan, y le compré una que lleva por dentro un alambre, que bien estiradita es una cabeza mayor que Ale. Se pueden imaginar la cara de la gente cuando vamos caminando por la calle y ven venir de frente a la “pequeña Eva” con una serpiente enroscada, con varias vueltas, a su cuello. En el parque todos los niños quieren tener una mientras Ale corre detrás de ellos asustándolos. Le pregunté por qué la serpiente no tenían ni piernas ni brazos y ella me dijo “que porque no era una niña” sic. Y cuando intenté explicarle que una vez hace muchos años, una serpiente le había dado una manzana a un niña que se llamaba Eva... ella me cortó rápidamente diciéndome que de llamarse Eva nada de nada, que se llamaba Blancanieves y la manzana se la había dado una bruja. ¿Para qué seguir, no?.

¿Qué te parece si nos casamos?

¿Qué te parece si nos casamos?

Así, a veinte centímetros, a traición, fría, subida en un columpio, como no dándole importancia. De esta guisa me soltó mi hija que le había dicho a un niño en el colegio el otro día: ¿qué te parece si nos casamos?, ¡pum!, ¡pum!. El angelito, por lo visto, sobrevivió y anda con mi niña y los demás corriendo detrás de unos tazos (creo que se escribe así aunque el corrector de windows se ponga un poquito pesado) que salen en unos paquetitos de patatas, quienes no sobrevivieron fueron las profesoras que están “aún muertas de la risa”, al menos eso me dijeron en la fiesta de navidad del cole.

Pero vamos a ver hija, ¿cómo es eso de “qué te parece”?, ¿qué te dijo él? –le pregunté. Nada papá. ¿Cómo que nada?, ¿y entonces qué pasó? –insistí. Nada papá, vuelvo a tener por respuesta. ¿Y no deberías habérmelo consultado como hacen las infantas al rey?, ¿no deberías habérmelo presentado antes?. No sé, haber hablado con él, con su padres, saber dónde vais a vivir. Saber si voy a poder seguir viviéndote uno de cada dos fines de semana, en fin, una serie de “pequeños detalles”.

Nada de nada, no obtuve ninguna respuesta, lo cual no sé si debe tranquilizarme o atemorizarme más, porque si estas cosas se toman tan a la ligera... no sé, a lo mejor el día de mañana el día que mi niña quiera ir a tomarse un café con un chico para eso entonces sí hace una petición en toda regla. Lo dejé ahí cuando llamé a los del Libro Guiness para ver si se podía registrar el record, me contaron que una tal Liz Taylor -¿la conocen?- había sido tan precoz en esto del matrimonio que ya llevaba ocho. ¡Póngase en lo peor amigo!, me dijo el fulano del libro, ¡el futuro es de ellas!.

Mi vida al revés

Mi vida al revés

Últimamente paseo por cielos imposibles a donde tú ya no subes. Camino por líneas continúas con arcenes de algodón que descargan su lluvia sobre los campos de recuerdos que sembraste ayer. De un tiempo a esta parte escribo muchos sueños para no amarte.

Últimamente pienso que vivo mi vida al revés y siento cosas que no debería sentir. Voy tirando –y van tirando por mí. Vivo, y a veces vivo dando vida. Este sentimiento no sé muy bien si es culpa de este pequeño pueblito marinero que, desde hace días, está vestido de Navidad, o de la canciones de Ismael, pero está tan cerca el invierno que los últimos días de otoño me los fumo seguidos para meterme por última vez en camas comprometidas, para vivir amores imposibles, amantes, y caerme como la última hoja del otoño, aunque sea del tuyo. El invierno aunque sea más frío a mí me duele menos.

Ayer me regalaron un poema escrito para mí. ¿Para ti?. Sí, para mí, y con él me regalaron un año más de vida.

Para ti
travieso y avispado,
tierno y afectivo,
dulce y delicado,
transmisor de paz
y de sosiego.
Con sólo tu presencia
alegras
la mirada del contrario.
Amante,
del amor y la belleza,
y amado,
en silencio
de quien no puede
declararse.

Ayer a la noche volví a encender un cigarrito mientras bebía una pequeña botella de cava para brindar por esas vidas que no se viven y que van quedando atrás, blancas, como la estela que deja mi velerito cuando navega por las aguas del Cantábrico. El hecho de estar vivo siempre exige algo, me dije, aunque sea perder, aunque sea perderte. Así que abrí la ventana para que entrase el viento, para oler el mar, para ver las estrellas y alcé mi copa para brindar con el mar: “¡por seguir sintiendo vértigo, amigo!”.

Ayer fue su cumpleaños.

Carpe diem!

Vértigo. Ismael Serrano

Vértigo. Ismael Serrano

Recibiré postales del extranjero
tiernas y ajadas besos recuerdos
cómo están todos te echo de menos
cómo pasa el tiempo.

Seremos otros seremos más viejos
y cuando por fin me observe en tu espejo
espero al menos que me reconozca
me recuerde al que soy ahora.

Aquellas manos aquella mujer
aquel invierno no paraba de llover
perdona que llegue tan tarde
espero saber compensarte

Estás tan bonita te invito a un café
la tarde es nuestra desnúdame
tras el relámpago te decía siempre
recogeré flores en tu vientre

Otro hombre dormirá contigo
y dará nombre a todos tus hijos
ven acércate a mí
deja que te vea
que otras primaveras
te han de llevar muy lejos de mí

Vértigo que el mundo pare
que corto se me hace el viaje
me escucharás me buscarás
cuando me pierda
y no señale el norte
la estrella polar

Las frías mañanas en la facultad
tu casi siempre huías conmigo al bar
y me enfadaba si preferías
el aula a mi compañía

Sobre la mesa botellas vacías
qué sano es arrancarte esa risa
y ahora cambiemos el mundo amigo
que tu ya has cambiado el mío

Qué haré cuando te busque en la clase
y mi eco me responda al llamarte
otros vendrán y me dirán
que te marchaste
que te cansaste
ya de esperar

Vértigo que el mundo pare
que corto se me hace el viaje
me escucharás me buscarás
cuando me pierda
y no señale el norte
la estrella polar

Y la ronquera los traicioneros nervios
que me atacaban antes de cada concierto
viejas canciones antiguos versos
que espero retenga algún eco

En el futuro espero compañero hermanos
ser un buen tipo no traicionaros
que el vértigo pase y que en vuestras ventanas
luzca el sol cada mañana

Pero basta de lamentos
brindemos que es el momento
que estamos todos
y no falta casi nadie
que hay que apurar
la noche que acaba de empezar

Vértigo que el mundo pare
que corto se me hace el viaje
me escucharás me buscarás
cuando me pierda
y no señale el norte
la estrella polar.

CERILLERO Y ANARQUISTA

CERILLERO Y ANARQUISTA

No sé cuántas navidades más pasará Alfonso con nosotros. Ojalá sean muchas. Por si acaso, sus amigos del café Gijón organizamos un pequeño homenaje el otro día. Mejor una hora antes que un minuto después. Así que nos juntamos el gran Raúl del Pozo, Javier Villán, Pepe Esteban, Manuel Alexandre, Álvaro de Luna, Mari Paz Pondal, Juan Madrid y un montón más -de los clásicos sólo faltaron Umbral y Manolo Vicent, los muy perros-, habituales de la barra, la tertulia de la ventana, la mesa de los poetas, o sea, clientes de toda la vida, pintores, escritores, actrices, actores. Amigos o simples conocidos que apenas nos saludamos al entrar o salir del café, hola y adiós, pero giramos en torno a ese modesto puesto de tabaco y lotería que Alfonso, el cerillero, atiende en el vestíbulo del que fue último gran café literario del rompeolas de las Españas.

Hace tiempo prometí que un día pondríamos una placa con su nombre donde, desde hace treinta años, asiste a las idas y venidas de los clientes, presta dinero y fía tabaco, te guarda la correspondencia y confirma el generoso corazón de oro que late tras su gesto irónico y el mal genio que asoma cuando le pega al frasco y recuerda que su padre, miliciano anarquista, luchó por la libertad antes de morir en la guerra civil, dejando a su huérfano sin infancia, sin juventud, sin instrucción y lejos del lado fácil de la existencia. Por eso en la placa pone: «Aquí vendió tabaco y vio pasar la vida Alfonso, cerillero y anarquista. Sus amigos del café Gijón». La redactamos así, en pretérito indefinido, para que Alfonso sepa qué leerá la gente cuando él ya no esté allí. Privilegio ese, conocer en vida el juicio de la posteridad, que está reservado a muy pocos. A grandes hombres, tan sólo. A gente especial como él.

Así que háganme un favor. Si van a Madrid, pasen a saludarlo. Alfonso es la memoria bohemia de Madrid, del café legendario que en otro tiempo se llenaba de artistas famosos, escritores malditos o benditos, gente del teatro, actrices, poetas, vividores, sablistas y furcias profesionales o aficionadas; cuando, por culpa de algún guasón, la pobre señora de los lavabos salía voceando: «Don Francisco de Quevedo, lo llaman al teléfono». Alfonso es monumento vivo de un mundo muerto. Centinela de nuestras nostalgias. Y ese último testigo de los fantasmas del viejo café sigue allí, en su garita de tabaco y lotería, mirando, escuchando en silencio, despreciando, aprobando con ojos guasones y juicio callado, inapelable. De vez en cuando le da el arrebato libertario y monta la pajarraca; como hace poco, cuando sus jefes del Gijón lo tuvieron tres días arrestado en casa, sin dejarlo ir al trabajo, porque Joaquín Sabina se lo llevó a una taberna a calzarse veinte copas, y a la vuelta, un poquito alumbrado, Alfonso cantó las verdades a un par de clientes que se le atravesaron en el gaznate. «Los intelectuales -decía- sois una mierda.»

Ése es mi Alfonso. Con su pinta de torero subalterno maltrecho por el ruedo de la vida. Con sus filias y sus fobias, conciencia viva de una época irrepetible con su historia artística, noctámbula, erótica, golfa. ,Y con quien, por cierto, seguimos jugando a la lotería que nunca nos toca, en mi caso pagando yo el décimo pero a medias en los hipotéticos beneficios, a ver si salimos de pobres de una puta vez. Y hay que ver cómo pasa el tiempo. A veces estamos charlando, me da el correo, un periódico o un cigarrillo, y me recuerdo a mí mismo jovencito y recien llegado a Madrid, sentado tímidamente en una mesa del fondo. Cuando envidiaba a los clientes habituales que se acercaban a charlar con el cerillero, y soñaba con que un día Alfonso me distinguiera también con su aprecio y su conversación.

El día en que tomé posesión del sillón en Real Academia Española lo invité, claro. Se presentó repeinado, con chaqueta y corbata -«La primera vez que me la pongo», gruñó cuando le comenté, para chinchar, que parecía un fascista-. Lo que es la vida: le tocó sentarse lado de Jesús de Polanco, y allí estuvieron los dos charlando de sus cosas, de tú a tú, el cerillero del café Gijón y el propietario del grupo Prisa. Cómo lo ves, Jesús, y tal y cual. Yo en tu lugar, etcétera. Todo con muy buen rollo. Aunque al final, según me cuentan, a Alfonso le dio la vena anarquista y le estuvo dando al pobre Polanco, que escuchaba y asentía comprensivo con la cabeza, una brasa libertaria de la leche.

El Semanal 21 de diciembre

Papá cuéntame otra vez. Ismael Serrano

Papá cuéntame otra vez. Ismael Serrano

Papá cuéntame otra vez
ese cuento tan bonito
de gendarmes y fascistas
y estudiantes con flequillo.

Y dulce guerrilla urbana
en pantalones de campana
y canciones de los Rolling
y niñas en minifalda.

Papá cuéntame otra vez
todo lo que os divertísteis
estropeando la vejez
a oxidados dictadores.

Y como cantaste al vent
y ocupasteis la Sorbona
en aquel mayo francés
en los días de vino y rosas.

Papá cuéntame otra vez
esa historia tan bonita
de aquel guerrillero loco
que mataron en Bolivia.

Y cuyo fusil ya nadie
se atrevió a tomar de nuevo
y como desde aquel día
todo parece más feo.

Papá cuéntame otra vez
que tras tanta barricada
y tras tanto puño en alto
y tanta sangre derramada.

Al final de la partida
no pudísteis hacer nada
y bajo los adoquines
no había arena de playa.

Fue muy dura la derrota
todo lo que se soñaba
se pudrió en los rincones
se cubrió de telarañas.

Y ya nadie canta al vent
ya no hay locos ya no hay parias
pero tiene que llover
aún sigue sucia la plaza.

Queda lejos aquel mayo
queda lejos Saint Denis
que lejos queda Jean Paul Sartre
muy lejos aquel París.

Sin embargo a veces pienso
que al final todo dio igual
las ostias siguen cayendo
sobre quien habla de más.

Y siguen los mismos muertos
podridos de crueldad.

Ahora mueren en Bosnia
los que morían en Vietnam,
ahora mueren en Bosnia
los que morían en Vietnam,
ahora mueren en Bosnia
los que morían en Vietnam.

Mi pequeña pacifista

Mi pequeña pacifista

Últimamente mi pequeña Kennedy me recibe firme con un saludo militar y cuando yo le correspondo me recita siempre: ¡Oh capitán, mi capitán!, sin ser consciente de la importancia que tienen estos versos para mí y para ella.

Mi pequeña guerrillera “me aprende” una canción: “Un chino capuchino mandirín, rín, rín; de la era, de la era del Japón, pón, pón”, a la vez que “dequienpuesta” (lleva unos días malita, la pobrecita, de gastroenteritis”) me dice que cuando sea viejín ella cuidará de mí.

Mi pequeña guerrillera celebra mañana su fiesta de navidad en el “cole” y yo estaré oculto entre el público observando las maniobras, por lo visto ella será la encargada de cantar “campana sobre campana”, ayer se encargó de anticipármelo.

Mi pequeña guerrillera espera emboscada tras los escaparates de cualquier tienda navideña a que pase una viejecita, por sorpresa le saca la lengua y echa a correr mientras con su dedo índice y anular hace el símbolo de la victoria.

Mi pequeña guerrillera mantiene contiendas permanentes en su universo infantil para darle paz a mi medio corazón.

El mimo estatua

El mimo estatua

A veces no sé si Ale confunde el mundo o es el mundo el que confunde a Ale, el caso es que en su universo, por lo visto, todas las estatuas son iguales y cumplen la misma función.

El otro día íbamos paseando tranquilamente por la calle cuando pasamos por delante de una escultura que hay a la entrada de la Biblioteca Pública. Ale se paró y me pidió una moneda. “¿Para qué la quieres Ale?” le pregunté. “Para tirásela al señó papá verás como se mueve” me contestó.

Lógica aplastante

Lógica aplastante

Tengo una hija que no sé si tiene un sentido del humor impropio para su edad ó lo que tiene es un sentido de la lógica fuera de lo común porque no son normales las conclusiones que saca del mundo que la rodea.

El caso es que el otro día íbamos caminando por la calle y vi a una pobre palomita aplastada –imagino- que por las ruedas de un coche. Cuando quise darme cuenta ya estábamos muy encima de ella así que mi única alternativa fue cruzar los dedos para que Ale no la viese. ¡Imposible!, la “aguililla” la vio y sólo a ella se le ocurre decirme: ¡Mira papá, la atopelló un coche por no pasar por el semáforo!.

De una lógica aplastante vamos, sobre todo para la pobre paloma, y perdonen el humor negro.

El partido de las estrellas

El partido de las estrellas

¡La madre que los parió! pero es que no se me ocurre otra forma mejor de empezar este artículo, les cuento. No sé si saben que hoy, por lo visto, se juega un partido de fútbol en un país donde después de la opacidad de la tela marinera, el fútbol es, los domingos por la tarde, la mejor de las aficiones: Suiza. Por lo visto Ronaldo y sus amigos vs Zidane y los suyos no tienen mejor cosa que hacer que pegarse un garbeo “a cuenta de” un lunes por la noche en la “neutral” e hipócrita Suiza. Pero en fin, qué quieren que les diga, si se cubren gastos y sobra para un saquito de maíz para los desarraigados pues bienvenido sea oiga que al fin y al cabo estamos en Navidad y tanto derecho tienen los unos a conocer los night-clubs suizos como los otros a hacerse unas tortas o una palomitas para la cena de nochebuena que en este mundo globalizado “too pué se”.

Pero fiel a una de las leyes de Murphy, aquella que habla de que toda situación es susceptible de empeorar, pues oye tú, dicho y hecho, y sin perder el tiempo, por si acaso. No sé a qué brillante publicista.com de esa cadena con marca de coche se le ocurrió la genial idea del anuncio de dicho partido, donde dicho sea de paso, lo único bueno es que por ningún lado aparece lo del partido por los más pobres del planeta, ¡para que luego digan que todavía no queda decencia en la televisión, no te jode!.

Lo dicho, no sé si han visto el anuncio, a imagen fija aparece un firmamento lleno de estrellas con sonido de grillos de fondo en plena naturaleza, lo que podría ser una impresionante noche de estío en cualquier parte de la vieja Castilla. Reconozco que al principio me confundió, no sabía si era que se había hecho ya de noche y estaba mirando por la ventana de mi casa o mi televisión se había vuelto loca. Enseguida se oyó la voz de un abuelete que comenzaba a recitar: aquella es la osa menor, aquella otra es la osa mayor, lo cual me conmovió más, aún si saber de qué iba todo aquello, pero no sé, inocente que es uno imaginé que aquel abuelo de un momento a otro iba a sacar un sextante, o un astrolabio, o un telescopio y nos iba a dar una interesante clase de astrología, o finalmente nos iba a desvelar cómo llegar a “la segunda estrella a la derecha…”. Pero el pequeño enfant, por virtud del publicista, lo jodió todo y enseguida le preguntó al abuelo: ¿y cuál es Ronaldo?, ¿y qué estrella es Zidane?.

Por cierto, como saben los futbolistas son uno de los gremios mejor pagados, ¿se han fijado ya dónde se juega el partido, no?. You know wanna me baby, yeaaaaaaah!. Ahora, si me lo permiten, me voy a ver el Show de Rasca y Pica y a acordarme de la familia del publicista.

¡Que tengan una Feliz Navidad!

Tu diario

Tu diario

Una noche soñé que tus pequeños pasos en la vida irían bailando sobre una alfombra roja sembrada de letras y palabras que yo por detrás iría recogiendo, entonces pensé que podía intentar plantarlas, tratando de componer un jardín de frases y árboles cuyo único fruto serían versos sobre los que tu correrías el día de mañana. Y comencé a escribirte.

Cualquier día te regalaré un diario de tapas duras y hojas blancas cerrado con un lazo rojo para que escribas en él a hurtadillas, como hizo Carol y Ana. Yo empezaría tu diario como aquellos cuentos que te contaba de muy niña, sólo que esta vez escribiría: “Hubo una vez un papá, mi papá,.....” para que tú lo continuases con mi lapicera, la misma que ahora me coges insolentemente y sin mi permiso del bolso de la camisa y con la que ya comienzas a dibujar lo que sientes, aunque tú no lo sepas.

Pero ahora quiero que sepas que desde hace tiempo te escribo un diario que me acompaña, un diario que me pongo de pijama y me da calor, con el que me acuesto y me levanto los días que tú no estás conmigo y que, sólo desde hace unas semanas, dejo que lean algunas personas para que ellas también se puedan sentir acompañadas y puedan crecer contigo. Ahora soy yo el que te escribo, y el que te leo, pero mañana yo seré el pequeño y tú tendrás todo tu futuro para leerme, si quieres, y quizás entonces acaricies las hojas de aquel diario con mi lapicera de madera, que para entonces ya será tuya.

El viaje de Carol

El viaje de Carol

Carol una adolescente de madre española y padre norteamericano viaja por primera vez a España en la primavera de 1938 en compañía de su madre. Separada de su padre, piloto en las Brigadas Internacionales al que ella adora, su llegada al pueblo materno transforma un entorno familiar lleno de secretos. Armada de un carácter rebelde, se opone a los convencionalismos de un mundo que le resulta desconocido.
Las lecciones de vida de su abuelo y su amor por Tomiche le abrirán las puertas a un universo de sentimientos adultos que harán de su viaje un trayecto interior, tierno, vital e inolvidable.