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Una Campanilla llamada Ale

Ana. Ismael Serrano

Ana. Ismael Serrano

Ana, es tan corta la vida,
y son tantas despedidas
llenas de promesas vanas.

Ana, ¿qué será de nosotros
cuando caigamos y otros
ocupen nuestro lugar?

Ana, ¿dónde será la batalla
próxima en que perdamos
la guerra contra la soledad?

Ana, volverás a escuchar
las piedras que contra tu ventana
lanzó la felicidad.

Lanzó la felicidad.

Ana, es tan corta la vida,
quizás me vuelva mentira
y no te conozca mañana.

Ana, cuando te esconda un abrazo
recuerda entonces el año
en que forjamos la paz.

Ana, quizás me marche y no vuelva,
quizás me muera y no tengas
que maldecirme jamás.

Ana, te veo y me declaro culpable
de desear tu presencia
más que desear la paz.

Ana, ¿qué hago yo con mis canciones,
con el manojo de escarcha,
con mis ganas de matar?

Ana, ¿qué hago yo con las montañas
de papeles que he firmado
jurando morir o amar?

Jurando morir o amar.

Ana.

Alejandrita Roja

Alejandrita Roja

Que Ale será una gran actriz es algo que decidirá ella y el tiempo, ahora lo que yo puedo contar es que maneras ya apunta. Sin ir más lejos, el otro día en su casa escenificamos el cuento de Caperucita Roja. Primero yo el lobo y ella Caperucita y luego intercambiamos los papeles.

Escena 1ª

El lobo (o sea yo) tumbando en la cama y tapado con el abrigo, haciéndose pasar por la abuelita. Caperucita roja (Alejandra Hayworth) que llama a la puerta y comienza el acto:
¡Pum, pum!
-¿Quién es?.
-Soy Caperucita Roja que vengo a ver a mi abuelita.
-Pasa hija, pasa, que estoy aquí malita en la cama.
-Abuelita, abuelita, ¿por qué tienes esos ojos tan grandes?.
-Son para verte mejorrrrrrrrrr
-Abuelita, abuelita, ¿por qué tienes esa nariz tan grande?.
-Es para olerte mejorrrrrrrrrr
En ese instante rompo la magia del momento lo sé, lo reconozco -soy malísimo- y le lanzo a bocajarro una pregunta que no se espera, pensada con premeditación, alevosía y nocturnidad pues eran ya cerca de las ocho de la tarde:
-¡Oye, un momento!, ¿cómo sé que tú eres Caperucita Roja si no llevas nada rojo?. ¡Chúpate esa morena! y a ver cómo sales ahora, pensé satisfecho.
Entonces ella me responde: “¡Soy Caperucita en chándal!”.
¿Qué quieren que les diga?, ¡¡¡impresionante!!!, no pude pensar otra cosa. Así que seguimos con el tercer grado hasta que ella finalmente me hizo la pregunta que todos ustedes y yo sabemos, no si antes esbozar una media sonrisa como quien sabe la respuesta y conoce perfectamente lo que va ocurrir, que no fue otra cosa que salir corriendo detrás de ella por todo la casa al grito de: ¡¡¡¡para comerte mejorrrrrrrrrr!!!!.

Escena 2ª

Se intercambian los papeles, así que me dirijo hacia su cama y comienzo el interrogatorio. Te vas a acordar –pensé, por lo de antes. Esta vez no te voy a preguntar cómo sé que eres una abuelita si no tienes cara de viejecita, para no darte oportunidad a que me digas que eres una “abuelita en chándal”, así que lo que ideé fue hacer más preguntas que las que vienen en el propio libro -y que Ale se sabe de memoria- para ver qué ocurría:
-Abuelita, abuelita ¿por qué tienes esos ojos tan grandes?.
-Abuelita, abuelita ¿por qué tienes esa nariz tan grande?
-Abuelita, abuelita ¿por qué tienes esas orejas tan grandes?
-Abuelita, abuelita ¿por qué tienes esas manos tan grandes?
-Abuelita, abuelita ¿por qué tienes esos dedos tan grandes?.
La abuelita/lobo de tres años y medio comienza a ponerse nerviosa y comienza a pedirme: “¡Dícimelo!, ¡dícemelo!”.
-¿Que te diga el qué? –le pregunto yo como no sabiendo de qué va la historia.
Y entonces con su dedo índice señala sus dientes y me dice un poco enfadada: “¡¡esto, esto!!”.

-¡Ah, vale!, Abuelita, abuelita ¿a que tenemos que cepillarnos los dientes después de cada comida?. ¡Toma ya!, por lo de antes, por lo de la Caperucita de chándal –pensé para mí, riéndome.
-¡¡¡Eso no, eso no!!! me dice la Capuccettina Rosso de Paco-tilla muy enfada, a la vez que gesticula con su pequña mandíbula como si estuviese masticando.
Finalmente para no desesperarla más y que luego el mordisco fuese mayor le hice la pregunta que se imaginan, no sin antes comprobar que tenía el pasillo libre para poner pies en polvorosa.

FIN

EL PERCHERO DE LA ACADEMIA

EL PERCHERO DE LA ACADEMIA

En la Real Academia Española hay un vestíbulo con percheros y agujeritos para el bastón o el paraguas. Cada académico tiene el suyo, identificado por una tarjeta con su nombre, y ahí encuentra cada jueves el correo. Los percheros se asignan por orden de antigüedad; de manera que, según pasa el tiempo, los académicos que mueren te dejan percheros libres por delante, y los recién llegados los ocupan por detrás. Esto del perchero, me confió el primer día uno de los conserjes, críptico, tiene más importancia que el sillón con la letra correspondiente. Y por fin comprendo lo que quería decir. Durante unos meses, mi nombre estuvo en la última percha. Ahora me corresponde la penúltima, y pronto será la antepenúltima. La antigüedad en la titularídad del perchero suele ir en proporción a la edad del académico; pero no siempre es así. Nombres de ilustres veteranos siguen enrocados en los lugares más antiguos, mientras compañeros jóvenes se van quedando en las cunetas de la vida. En cualquier caso, a modo de indicador simbólico, ese lento movimiento hacia los puestos de más antigüedad equivale a un recordatorio de cómo, poco a poco, todos nos encaminamos hacia la muerte.

Ayer encontré algo espléndido en mi perchero de la RAE. Se trata de un libro editado por la Fundación Menéndez Pidal y por la Academia: Léxico hispánico primitivo (siglos VIII al XII). No es lugar éste para comentarlo a fondo. Diré, simplificando mucho, que se trata de la culminación, parcial todavía, de un glosario proyectado en 1927 por Ramón Menéndez Pidal y ejecutado en su mayor parte por su discípulo Rafael Lapesa para rastrear las primeras palabras escritas de la lengua española -llamarla castellana es una reducción estúpida, además de inexacta- desde el siglo VIII, cuando, entre el latín vulgar, aparecieron los balbuceos del español en vocablos asturleoneses, castellanos, navarro-aragoneses, gallegoportugueses, catalanes y mozárabes.

Fue una obra complejísima y dificil. En la España medieval no había diccionarios, y las voces romances de ese mundo lejano carecen de forma única, camufladas en textos escritos con letra gótica y frecuentes arabismos. Lapesa empezó a trabajar en su glosario con diecinueve años y murió a los noventa y tres sin verlo revisado ni publicado como tal, pese al esfuerzo de toda su vida, incluida la angustia de poner a salvo la documentación durante los bombardeos de la guerra civil. Ahora dirige la edición don Manuel Seco -uno de los más perfectos académicos que conozco-, quien ya trabajó con Lapesa en el Diccionario Histórico de la Academia. El Léxico, por supuesto, interesa sobre todo a especialistas e investigadores; pero también es fascinante para el curioso que recorre sus páginas. Asistir a la afirmación, por ejemplo, de la palabra mujer tras seguir sus peripecias durante dos siglos mulier, mullere; mulie, mullier, mullier, muler, mugier-, o comprobar cómo la palabra hombre se abre camino desde el año 844 a través de homo, omne, huamnne, uemne, homne, produce un estremecimiento de gratitud hacia los hombres tenaces que se quemaron los ojos cuando la informática aún no facilitaba estas cosas, y había que escudriñar con tesón y paciencia textos y más textos, fichando, ordenando, anotando. Luchando, además, contra la incomprensión y la imbecilidad de quienes, antes como ahora, tienen la obligación de apoyar estos esfuerzos, pero ven más rentable gastarse la pasta en demagogias electorales.

He dicho alguna vez que en la RAE hay dos clases de académicos. Unos son los imprescindibles, los maestros: curtidos filólogos, lingüistas, lexicógrafos. Sabios que hacen posible culminar obras como ésta. Generales honorables, en fin, que con su esfuerzo callado y su ciencia pelean en la trinchera viva del español usado por cuatrocientos millones de hispanohablantes. Otros, allí, somos los humildes batidores que hacemos almogavarías y forrajeos en el campo de batalla, regresando con nuestro botín para ayudar en lo que haga falta: escritores, científicos, historiadores, economistas. Reclutas, o casi, en contacto con la calle. La fiel infantería. Por eso, llegar un jueves y encontrar de oficio, bajo el perchero, un libro como éste, resulta un privilegio. Tenía razón el conserje: un perchero en la RAE importa más que un sillón con tu letra. En la sala de plenos todos los académicos son iguales. En las perchas centenarias late el largo camino que ha recorrido cada cual.

El Semanal 14 de diciembre

El hijo de la novia

El hijo de la novia

Rafael piensa que las cosas deberían irle mejor: dedica 24 horas al día a su restaurante, está divorciado, ve muy poco a su hija, no tiene amigos y elude comprometerse con su novia. Además, desde hace mucho tiempo no visita a su madre, internada en un geriátrico porque sufre el mal de Alzheimer. Una serie de acontecimientos inesperados le obligan a replantearse su vida. Entre ellos, la intención que tiene su padre de cumplir el viejo sueño de su madre: casarse por la Iglésia.

A vivir se aprende

A vivir se aprende

Ayer, navegando, me econtré en otro blog, cuan barco varado, el siguiente texto. No sé de quién es ni cuál es su título pero abrió sus brazos hacia mí y me pareció acertado recuperarlo, para que no se pierda. Me recordó al Club.

"Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma. Y uno aprende que el amor no significa recostarse y una compañía no significa seguridad. Y uno empieza a aprender... que los besos no son contratos y los regalos no son promesas. Y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos. Y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes... y los futuros tienen una forma de caerse en la mitad. Y después de un tiempo uno aprende que si es demasiado hasta el calorcito del sol quema.
Así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de esperar a que alguien le traiga flores. Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno realmente es fuerte, que uno realmente vale. Y uno aprende y aprende... Y con cada adiós uno aprende."

Quise acabarlo pero afortunadamente quedó en mera pretensión. Entendí que su propósito no era ese, hubiese sido terrible, se hubiese roto la magia. La intencionalidad con la que había sido creado era seguir pasando el "testigo", para que otros sigan... aprendiendo.

Nos morimos sin haber aprendido lo suficiente. Lo importante, como dice la canción, es cometer los errores más bien pronto que tarde, "extraer todo el meollo a la vida; dejar de lado todo lo que no fuera la vida, para no descubrir en el momento de la muerte que no había vivido."

Aunque sea doloroso, a vivir se aprende, aunque nunca nadie nos lo haya dicho, aunque nunca, nosotros, lo hayamos querido escuchar.

Buenos días.

Las palomitas Christian Dior

Las palomitas Christian Dior

Si hay un día importante en la vida de toda mujer ese es su primer día de compras. Bueno, siendo sincero no sé si es más importante en la vida de una mujer o en la de un hombre, aunque de lo que sí estoy seguro es que de serlo, lo será por cosas bien distintas, y ya me estoy echando la mano a la cartera.

Pues dña. Alejandra también tuvo su “primer día de compras” con sólo tres añitos. Fue aquel en el que animado por su papi -imagino que algún día me arrepentiré de ello- se compró su primer paquete de palomitas ella solita. Sucedió como les narro.

Era un caluroso sábado de mañana, yo sentado con mi princesa en la terraza de un café centenario con nuestro zumo de tomate, nuestro bio-solán de naranja, nuestros pinchitos de tortilla y nuestras aceitunas rellenas. A la vista el kiosko de las palomitas, tan legendario como el café. Y de repente aquel olor a maíz que comienza a hacerse. ¡Papá quiero palomitas!. ¿Quieres palomitas?, muy bien, entonces saqué un euro de mi cartera y se lo di a Ale, ¡toma, si quieres palomitas tendrás que ir tú sola a por ellas!.

Al principio se negó, no quería ir si yo no iba con ella y se las pedía como siempre había hecho pero como “puede más el hambre que con el mazo dando” (¿o no es así el refrán?) fue a por ellas, no si antes adoctrinarla en el qué y en el cómo las tenías que pedir.

Vi desde la retaguardia del café toda la operación militar: como fue hacia el kiosko, como se puso de puntillas, como pidió sus palomitas y como espero la vuelta. La vi venir más ancha que un ocho con su paquete de palomitas Christian Dior y con 40 de céntimos de vuelta.

Al día siguiente volvimos a ir al parque del café y del kiosko pero esta vez fue ella la que me dijo: “voy a ir a compar palomitas papá, tú quédate ahí, ya verás” -orgullosa seguro de poder enseñarme lo bien que podía desenvolverse ya en la vida sin mí. Esa vez le di los 60 céntimos que cuesta el paquete y la vi venir hacia mí con una gran cara de preocupación. ¿Qué pasa Ale?, le pregunté. Y ella con una gran disgusto me dice: “Papá aquí teno las palomitas pero no tayo dinero”.

A gritos de esperanza. Alex Ubago

A gritos de esperanza. Alex Ubago

A pesar de que la luna no brille mañana me dará igual pues sólo verte reír
es lo que me hace feliz, mi alma...
Y es verdad que una mirada distinta o algún gesto más frío se clava
en mi pecho, daga del desconcierto, pero amor, ahí está la magia.

Ahora que te veo niña ya te echo de menos,
no imagino mis heridas si algún día te vas lejos.
Querría por esto...
Que si preguntan por mi no les digas dónde fui,
que tu alma sea fuerte y cuando mires hacia el frente
no recuerdes todo lo que no te di.

Qué tu luz brille por siempre porque tú te lo mereces
y perdona si algún día pretendí que no fueras tu misma.
Y si preguntan por ti, sólo diré que te vi
en mis sueños una noche y sólo sueño desde entonces
para verte cara día junto a mi.

Y es que quedan tantas cosas por contarte y que me cuentes,
tantos ratos y pasiones por vivir, a tu lado, mi vida...
Ojalá que nuestros ojos sí brillen mañana,
que tu voz siga pidiendome a gritos amor, a gritos de esperanza.

Ahora que te tengo no pienso perder el tiempo,
ni perderme por mi absurdo ego ni un solo momento.
Se esfuma el miedo.
Y si preguntan por mi no les digas donde fui,
que tu alma sea fuerte y cuando mires hacia el frente
no recuerdes todo lo que no te di.

Que tu luz brille por siempre porque tu te lo mereces
y perdona si algún día pretendí que no fueras tu misma.
Y si preguntan por ti sólo diré que te vi en mis sueños una noche
y sólo sueño desde entonces para verte cada día junto a mi.
Y es que quedan tantas cosas por contarme y que me cuentes,
tantos ratos y pasiones por vivir, a tu lado, mi vida...

La cita

La cita

Ahí estás, ¿te acuerdas del lugar?. Fue donde me enseñaste a acariciar a los árboles, cuando me enseñaste a contar sus hojas, cuando me pediste, paseando, que fuésemos despacio para vivir más. Entonces me heriste revelándome la más hermosa de tus citas que yo no entendí. Tú me la escribiste, "para que la tengas contigo, para que la leas mañana, para que tú, un día, se la des a alguien que no la entienda" -eso me contaste. Y ayer me dices que no te acuerdas.

Entonces entendí tu cita, que no es tuya. La rompí y te la soplé a la cara. Los papelitos se perdieron entre las últimas hojas del otoño.

"Cuando muera, cogedle y cortadle en pequeñas estrellas y revelará tan bello rostro en el firmamento que todo el mundo se enamorará de la noche y dejará de adorar al ardiente sol". Shakespeare, Romeo y Julieta

Botella al mar

Botella al mar

En Junio de 2002 la Real Asamblea Española de Capitanes de Yate convocó el 2º CONCURSO DE NARRACION NAUTICA. Nos presentamos por primera vez a un certamen de este tipo. El jurado falló el 30 de Noviembre. No ganamos el concurso -ni siquiera estuvimos entre los finalistas- pero ganamos otras cosas más importantes.

“Pongo estos seis versos en mi botella al mar
con el secreto designio de que algún día
llegue a una playa casi desierta
y un niño la encuentre y la destape
y en lugar de versos extraiga piedritas
y socorros y alertas y caracoles.”

M.Benedetti

Como vino, se fue; sin saber cómo, sin saber por qué. Eso decía a quienes le preguntaban. Le dejó muy herido con tan solo medio corazón y sumido en un otoño permanente desde hacía ya más de veinte años. Algunos domingos, en días lluviosos, se le podía ver sentado en el rompeolas, con la mirada perdida en el horizonte, con los ojos casi cerrados, humedecidos por el agua del mar y por las lágrimas de sus recuerdos que, a pesar de haber transcurrido mucho tiempo, seguía viviendo y sufriendo como recientes. Desde la roca más alta, podía pasar tardes enteras entregado por completo a su juego infantil: le gustaba adivinar en qué punto exacto del mar se formarían las olas, jugaba con el tamaño que tendrían y qué imagen dibujarían al romper contra las rocas. ¿Qué pensarán las rocas del mar? -se preguntaba en voz alta. Sin embargo para él había un misterio mucho mayor: llegar a conocer a dónde se iban las olas cuando morían en la orilla. ¿Qué traen las olas?, ¿qué envuelven?, ¿por qué tienen una vida tan corta?

Un día me acerqué a él y me habló. Desde que todo había ocurrido miraba al mar de frente, con una sorprendente mezcla de resignación y desafío. Veía al mar de forma distinta y sentía que él también le miraba diferente. El mar era el culpable y a la vez su consuelo, su esperanza -me contó llorando. Cada uno de nosotros somos un mar -le comenté-, el mar Alejandra, el mar Ramos, el mar Romito... Traemos ríos, conocemos playas, juntos formamos océanos, por eso el mar es tan grande. Las olas son nuestros sentimientos, nuestras pasiones, aparecen y desaparecen. Navegan con nosotros y salen a la superficie con mayor o menor altura. Arrastran, ahogan, son jóvenes pero mueren mansamente en la orilla y entonces el mar se hace un poco más viejo. Es la vida.

Hasta que ella eligió por él su vida había tenido rumbo conocido. Tenía sus coordenadas de partida, se las habían dado nada más nacer, y lo más importante, se había ganado las coordenadas de su destino. En su juventud había leído un par de libros importantes y conocía la corrección a aplicar en cada caso; pocas veces se equivocaba. Después todo cambió, su vida rolaba y abatía constantemente. Perdió enfilaciones y no tenía puntos para tomar demoras. Vivía a etapas y en la que yo le conocí, la tristeza sonaba a las en punto y la nostalgia a las y media. Estaba solo y la distancia al puerto -como a él le gustaba decir- era cada día menor.

Al poco de que ella dejase su vida sin viento, cada domingo en el pueblo lo veían salir con su hija en brazos. Iba en dirección al puerto, a su encuentro, cumpliendo un ritual. Desde que ella decidió irse aquel trece de noviembre no la había vuelto a ver. Nadie en el lugar sabía por qué, y él contaba que había soñado que algún día cumpliría su deseo de verla una vez más. Quería creer que en una de aquellas salidas al mar la volvería a ver porque ese era el pacto entre ellos, el que cerraron aquella noche, la última vez que soñó con ella.

Cogía a su niña en brazos y no despertaba. Nunca lo hizo, sólo la primera vez, extrañada de que su padre fuese a las cuatro de la mañana a recogerla a su cama; pero en aquella ocasión le bastó con entreabrir su ojito derecho y como si lo intuyese todo, asintió, y se volvió a quedar dormida en su regazo.

Al llegar al barco siempre la llevaba a su litera, un pequeño rinconcito que ella misma se había encargado de personalizar con su mundo. Nada de importancia, o quizás sí, porque nunca se sabía y menos en una mujer, aunque por aquel entonces contase con solo cuatro años: un póster de Peter Pan, un peluche de colores que la acompañaba en sus sueños y, en un lateral, la banderita de fondo blanco y aspa roja. No conocía el por qué pero aquella bandera le había llamado la atención desde la primera vez que la vio. Sin que él lo supiera era su forma de decírselo pero eso sólo lo comprendió cuando pasaron los años y ella se hizo mayor. Desde que era muy pequeña le gustaba mirar las banderas náuticas y las de los países. Quizás soñase con navegar, algún día, en su barco a todos ellos. Países, algunos, que no tenían mar, pero en su mundo sí lo había. Todos los países lo tenían y todas las ciudades, y todos los pueblos. Era la ventaja de ser niño. Su imaginación era inmensamente mayor que su estatura, ¿por qué las proporciones habrían de invertirse inexorablemente a medida que fuese creciendo? -pensó en más de una ocasión al ver como su hija pasaba las horas navegando por aquellos océanos de colores-. A lo mejor con ella no ocurriría.

Cuando salían, el barco iba siempre ligero, partían cargados únicamente de sueños. Echaban al mar su red con la esperanza de recoger ilusiones pero siempre regresaron de vacío. Él tuvo miedo de acostumbrarse, de sentirse a gusto sólo con salir a su encuentro; sólo por salir a la mar, su verdadera pasión y que ella nunca conoció. Fueron tantas las pasiones que quedaron por contarse y fue tan poco el tiempo que compartieron juntos; sin embargo él recordaba lo que se dieron. Al timón y mientras su hija dormía siempre le contaba historias. Le hablaba para que no olvidase, para que ella también tuviese sus coordenadas de partida: cómo era su madre, cómo eran los tres, cómo eran entonces sus vidas, por qué el mar. Tenía fe en que su hija le escuchase y, en ocasiones, cuando despertaba, ella le contaba sus sueños, y descubría inmensamente feliz que además de vivir, su hija, con apenas cuatro años, ya sentía: preguntaba el por qué y se emocionaba con las pequeñas cosas de sus vidas. El amanecer siempre lo reservaba para él, para sus recuerdos. En ese momento se daba cuenta de que envejecía muy rápido. Uno se da cuenta de que envejece cuando comprueba que su vida se apopa, cuando en el barco pesan más los recuerdos que los sueños -le soplaba el nordeste. Recibir el día en alta mar a cincuenta millas de la costa rodeado de agua y cielo por todas partes le hacía sentir bien. Era la única cola capaz de unir sus ilusiones y de insuflar un poco de aire a su medio corazón; el otro medio se lo había llevado ella. Las emociones y las penas se vivían y se sufrían así doblemente. Aquellos días en que la necesitaba y salía al mar a buscarla, no le mataban, pero sin que él lo supiese, le estaban ayudando, poco a poco, a morir.

Durante años, en aquellas salidas al mar junto a su hija, la presentían a su lado, a veces a estribor, otras a babor; siempre navegaban a barlovento. Creían oír sus cantos, su voz; pero nunca llegaron a verla.

En todo ese tiempo, sólo en una ocasión se enteró de que había llegado al puerto un marinero que aseguraba haber visto a una hermosa mujer morena con piernas de pez que se le había aparecido en el punto l43º40’N, L5º52’W. Pero no pudo hablar con él, no pudo preguntarle cómo era; no pudo saber si era ella.

Un día salió a navegar y lo hizo sin rumbo definido, ni siquiera tenía claro el día de regreso. Cuando estaba sobre la playa de Artedo recogió del mar una botella de cristal con un trozo de papel en su interior. Antes de abrirla reconoció la botella, era de una bebida que hacía más de veinte años que no existía. La abrió y leyó: Reconoció su letra y comenzó a llorar como nunca lo había hecho. Lloró muchísimo hasta que sus lágrimas cayeron al mar y juntas formaron una ola que vio morir mansamente en la orilla.

La última vez que alguien lo vio, salía del puerto mar adentro. Nunca más se supo de él. Algunos días de niebla, entre la bruma, se puede adivinar la silueta de un hombre que se le parece sentado en la roca más alta del rompeolas. De vez en cuando, los pescadores que faenan en las costas asturianas recogen de entre sus redes botellas con una pregunta escrita a mano y fechada en distintos años: ¿Qué traen las olas?

Cada mes de octubre llega a la playa del pueblo una botella. Se cree que es de él. Avisan a su hija para que la abra y ella lee, en voz alta, siempre el mismo mensaje escrito a mano: Nunca ha dicho de quién es la letra...

Desde los cuarteles de otoño de Cudillero, un 6 de Octubre de 2002
Capitán Keating

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Gracias a Gemma, sin sus correcciones el relato no lo hubiesemos presentado. Nunca se lo había dicho.

Y montamos el belén

Y montamos el belén

El fin de semana pasada “ponimos” -Ale habla así- el árbol de navidad en el descansillo de nuestra casa de al lado del mar, que así se refiere mi niña a la casita de su papá (reconozco mis influencias). Sacamos el árbol y todos los adornos del trastero, ¡qué extraño que Ale no me dijese que puñetas (juro que utiliza esta expresión) hacía un árbol metido en un cuarto trastero de mi casa pero en fin, imagino que mi loquita estaba emocionada (y agradecida) con eso de la Navidad, el árbol, los adornos, la nevada que iba a caer. ¡Mira papá yo ya tengo cuántos!. ¿Yo ya tengo cuantos?, ¡madre mía hija!, como sigas hablando así voy a tener que editar un diccionario español-Alejandra, Alejandra-español -pensé divertido. ¡Mira Ale todas estas manzanitas rojas se pueden comer!, contribuí para darle al asunto mayor confusión. Entonces ella cogió una de ellas y muy seria, como si fuese una “manzaetnóloga”, sentencia: Estas manzanas no se comen, son de mentira. ¡Ah, vale! pues ya me quedo más tranquilo, le dije asombrado.

Cuando ya habíamos “gastado” todos los adornos le pregunté a Ale qué le parecería colgar unos chorizos y unas morcillas del árbol para que se los comiesen Papá Noel y los Reyes Magos. La verdad decirle a una niña de tres años y medio que debíamos colgar chorizos y morcillas del árbol de Navidad para que curasen me parecía complicar demasiado las explicaciones posteriores porque el por qué, a ciertas edades es inevitable, pero ¿por qué tiene que haber un por qué para todo?. Afortunadamente me dijo que no. ¡Una lástima! no quiero ni pensar la cara que pondrían mis visitas (sobre todo las de mis padres) al ver un árbol de navidad del que cuelgan una ristra de chorizos y un par de morcillas. Pero qué pasa, ¿por qué los chorizos y las morcillas no pueden tener Navidad?. En fin, dejémoslo ahí, que me desvío del asunto. Además ya tendrán oportunidad de votar y decidir por si mismos, ¿o no?.

Como punto final al belén que estábamos montando (en sentido figurado porque lo que montamos fue el árbol de navidad, bueno, o algo parecido) vino el asunto de la nieve. Compramos un par de botecitos de nieve artificial, que por supuesto la nubecita de tres años y medio se encargó de descargar por encima del árbol y de los adornos (¡menos mal que no pusimos los chorizos!). Bueno, por encima del árbol y de los adornos y de mi ropa, de la suya, nieve en el suelo, en las paredes; en definitiva nieve en todo lo que se puso a menos de tres metros de su radio de acción.

“Ponido” el árbol lo que queremos Ale y yo ahora es montar un belén (de las dos maneras) pero esto creo que lo dejaremos para allá para el mes de Agosto. Pero ya les puedo adelantar que nuestros reyes no vendrán en camello, llegarán por el río a bordo de un velerito. Viendo el nivel y el panorama, ¿se imaginan los extras que pueden haber en nuestro belén?. Divertidísimo.

Historia de un beso

Historia de un beso

Asturias, invierno de 1949. Julio Otamendi, profesor en Francia, acude al entierro de su tío, el ilustre escritor Blas Otamendi, en Cerralbos de Sella. La vuelta a casa y el encuentro con la casona familiar de Llende-Labarca, la antigua criada y los amigos de su tío, hacen que Julio recupere recuerdos de su infancia, juventud y de los besos que marcaron su vida.

Aunque tú no lo sepas. Enrique Urquijo

Aunque tú no lo sepas. Enrique Urquijo

Aunque tú no lo sepas
me he inventado tu nombre
me drogué con promesas
y he dormido en los coches
aunque tú no lo entiendas
nunca escribo el remite en el sobre
por no dejar mis huellas.

Aunque tú no lo sepas
me he acostado a tu espalda
y mi cama se queja
fría cuando te marchas
he blindado mi puerta
y al llegar la mañana
no me dí ni cuenta
de que ya nunca estabas.

Aunque tú no lo sepas
nos decíamos tanto
con las manos tan llenas
cada día más flacos
inventamos mareas
tripulábamos barcos
y encendía con besos
el mar de tus labios.

EL VIEJO AMIGO JACK AUBREY

EL VIEJO AMIGO JACK AUBREY

Estamos al otro lado del mundo en un simple barco de madera, pero este barco es un trozo de nuestra patria. Hoy vamos a luchar por nuestro patria»... Hace falta tener muchos huevos y pocos complejos históricos, o sea, hay que ser británico -australiano en este caso, como el director Peter Weir- para meter esa frase en una película, a estas alturas de la feria, y que encaje con perfecta naturalidad. O sea, que uno ve Master and commander, la extraordinaria versión cinematográfica de las novelas navales de Patrick O'Brian con las aventuras del capitán Jack Aubrey y su amigo el doctor Maturin, y a la satisfacción de ver la que sin duda es la mejor película marinera desde Moby Dick, une la admiración por el modo en que los anglosajones, es decir, los perros ingleses y sus derivados, son capaces de abordar narrativamente su memoria histórica, mantenerla viva y fresca, y convertirla, además, en un relato apasionante que te agarra por el pescuezo.

Les juro a ustedes por mis muertos que hacía mucho tiempo que el cine no me deparaba dos horas de felicidad tan absoluta. He disfrutado como un gorrino en un maizal. Si para un espectador normal, de infantería, la película es una magnífica historia de aventuras navales, para los que pertenecemos a la cofradía de lectores de las novelas de Patrick O'Brian -de quien, por cierto, acaba de publicarse aquí la última de las veinte que componen la serie, Azul en la mesana-, la película interpretada por Russell Crowe, clavado en el papel de capitán Aubrey, es, amén de perfecto estudio psicológico de personajes, una delicia técnica. Y no sólo por las impresionantes secuencias de temporales y batallas, con las astillas volando por cubierta y los palos desplomándose entre el humo y los cañonazos, sino también, y sobre todo, por la exquisita fidelidad de los detalles náuticos: armas, utensilios marineros, cabuyería, manejo de las velas y la jarcia de labor, indumentaria, tatuajes, cicatrices, suciedad de la vida a bordo. Con el lujo extra de que, para la correcta traducción de las palabras marineras en el doblaje -eterno punto flaco del cine del mar-, los distribuidores españoles recurrieron a Miguel Antón, traductor de las últimas novelas de O'Brian: un joven catalán especialista en terminología naval de finales del XVIII. Que, oigan. Está feo que yo lo diga, porque Miguel es amigo mío. Pero el cabrón lo borda.

Sin embargo, aparte el exquisito cuidado de esos detalles, lo que se impone viendo Master and commander-mi único disgusto es que no hayan utilizado el título español: Capitán de mar y guerra- es el inmenso placer que a cualquier lector de O'Brian le produce ver navegar y combatir, en imágenes de extraordinaria belleza, a la embarcación en la que tanto ha navegado página tras página: la fragata de 28 cañones Surprise, ese barco mítico cuyo nombre ocupa lugar de honor junto al Pequod, La Hispaniola, el Patna y otros barcos literarios, insumergibles en nuestro recuerdo. Barcos a los que, por cierto, el gallego Alberto Fortes tomen nota los apasionados del mar- acaba de dedicar un libro bello y melancólico llamado Memorial de a bordo.

Luego, claro, uno se entera de que el rodaje de la película costó ciento cuarenta millones de dólares y que tuvo el asesoramiento entusiasta del Almirantazgo británico, desde pormenores de construcción naval, artillería y maniobra hasta fórmulas matemáticas para determinar el tamaño de un ancla. Y claro. Resulta inevitable comparar. ¿Imaginan aquí? ¿Se hacen a la idea de un guión con un diálogo como el que abre este artículo sobre la mesa de un ministro o un político?... En este país de gilipollas, donde no es precisamente asunto histórico lo que falta para el cine, todo cristo se la habría cogido con papel de fumar, no fuera que se ofendiese tal o cual autonomía, o se trataran cosas irritantes para éste o para aquél. Cuidadín. Aquí, cualquier cosa que tenga que ver con la palabra España queda descartada por conflictiva, y a lo más que llegamos es a las películas caspa de Vicente Aranda, con unos cuantos imbéciles calificando Juana la loca o Carmen de obras maestras. Que tiene pelotas. A eso añádanle el compadreo y la poca vergüenza. No quiero imaginar lo que pasaría si en España se destinaran ciento cuarenta kilos de mortadelos a una película. Dos de cada tres productores se embolsarían ciento veinte, y con el resto harían una puñetera mierda.

El Semanal 7 de diciembre

Huevo con patatas y algo más

Huevo con patatas y algo más

Ale habla y habla, a veces hasta quedarse afónica. Juega con las palabras y yo creo que lo hace para divertirnos. Este fin de semana, el sábado, cenamos solos y yo preparé su cena favorita que para todo niño es: huevo frito con patatas. Mi sorpresa vino cuando nos sentamos a la mesa y ella me pregunta: ¿papá tenes quesu?.
-Yo le digo, ¡claro hija, tengo queso!, pero ¿lo quieres ahora con las patatas y el huevo?.
-Sí, sí, me dice.
Bien, me levanto hacia la nevera y saco el queso preocupado pensando en que tal vez, por las cosas raras que me pide, mi hija esté empezando a ver demasiada televisión. Pero en ese instante Ale da un grito, como si hubiese visto salir un ratón detrás del propio queso y me dice:
-¡¡¡Nooooo, eso no!!!.
-¿Qué queso entonces, hija?.
-¡¡Quesu!! –insiste ella, y pone el grito en el cielo. ¡Del roju! me dice, ¡del roju! insiste, y me lo grita de esa forma en la que sólo una mujer -aunque tenga sólo tres años- le dice a un hombre: ¡joder!, el rojo tío, ¿estas gilipollas, o qué?.
-¿Del roju?, ¿quesu del rojo? -le pregunté. Me quedé un instante mirando para ella con cara de ocho, que es algo así como entre sorprendido y angustiado.
Yo creo incluso que el ocho que ella debió ver en mi rostro debió ser en números romanos porque se bajó de la silla a una velocidad de vértigo, pensando seguro que su padre es ya un pobre viejete que no entiende a la new generation y vino hacia la nevera como si le fuese la vida en ello, con el instinto de superviviencia reflejado en su cara y ella misma se cogió el K-e-t-c-h-u-p.
¡Coño!, ¿pero cómo iba yo a saber que cuando mi hija me refería al “quesu rojo” lo decía por el ketchup. ¡Y yo que pensaba que la niña ya falaba bable!.

Ale la maga

Ale la maga

Aunque Ale cree que yo tengo poderes es ella quien realmente los tiene, ella es la maga. Ella hace magia con las palabras, con los números, con su vida y yo simplemente asisto como espectador, el primero de la fila, con todos los sentidos puestos en ella, con los ojos abiertos como platos, para no perderme nada de su función. Guardo cola durante varios días y varias noches para su espectáculo quincenal.

Este domingo recién despertada asalté su cama y le hice la primera de las preguntas existenciales que le harán –y se hará-seguramente en su vida.

Vamos a ver Ale: ¿cuántos dedos tienes en tu mano?. Y Ale obediente los contó así: uno, dos, tes, cuato y cinco. ¡¡¡Muy bien!!!. Y si yo ahora me como este gordito porque tengo hambre y todavía no he desayunado, ¿cuántos te quedan?. Entonces ella se incorpora de la cama me mira tan fijamente que hubiese podido desarmar al mismísimo Gregory Peck en Duelo al sol y antes de responder desenfunda su pregunta: ¿y te lo vas a comer sin mojar en leche?. ¡Bang!. Yo, malherido de risa aún tengo vida para decirle sí. Entonces ella finalmente me contesta: ¡seis!.

Me encanta ver cómo mi hija aprende y sobre todo cómo me enseña cosas que yo no sé. Por ejemplo a quitarse el pijama para ir a bañarse. Ella dice: ¡mira papá sé quitármelo yo sola!, y entonces yo le pregunto: ¿y bañarte?, ¿sabes ya bañarte solita?. Y ella me responde en ese perfecto español de tres años y medio: No eso no, no me aprendí.

You´re the one

You´re the one

España, últimos años 40. Julia se aleja de Madrid, víctima de una profunda depresión al ser encarcelado su novio y amante, José Miguel, un destacado pintor de ideas opuestas al Régimen.
Julia, hija única de una acaudalada familia propietaria de un banco, es una mujer de gran cultura, educada en Suiza e Inglaterra, licenciada en Filosofía y letras y que quiere ser escritora. Cuando la conocemos, conduce su automóvil hacia el pequeño pueblo asturiano de Cerralbos del Sella. Allí está la gran casona familiar donde la mucha vivió los veranos felices de su infancia.

Las aceitunas de la vida

Las aceitunas de la vida

Hubo una vez un papá que iba a buscar a su medio corazón a una ciudad cualquiera. Aquel papá iba siempre a buscar a su “loca bajita” como antaño lo hacían los príncipes a las princesas.

Un día la vio bajar feliz con su espada de espuma que el papá le había traído de Londres, donde había empezado el cuento, y en seguida sacó su garfio del coche y entablaron la primera de las batallas que habrían de librar aquella mañana de sábado, ante el asombro de los viandantes que miraban atónitos como un hombre de treinta y dos años y una niña de poco más de tres (¿o era al revés?) se enzarzaban en una pelea a vida ó muerte mientras se proferían terroríficos gritos del tipo: ¡¡dame el tesoro de “cocolate” Capitán!! –gritaba la niña.

De aquel primer lance la “loca bajita” resultó victoriosa pero más astuta que una mujer decidió ser benevolente con su pirata y no mandó pasar por la quilla a su papá, lo tomó como su mago para aquella mañana de sábado y le exigió en pago, eso sí, tres monedas de “cocolate”, como precio para poder recuperar, parcialmente, su libertad.

Ella sabía que su papá en libertad era la mejor garantía de diversión para aquellas horas, podría ser su caballo, su banco, su perrito, porque “mi papá puede ser lo que yo quiera” –decía ella. Así que bajaron al centro a comprar aceitunas, negras para ella y de sabor anchoa para él. Se subió a sus hombros y la torera llevaba una bolsa en cada mano como si fuesen las orejas de un toro y fueron comiendo las aceitunas una tras otra: ¡ñam, ñam!, una tras otra: ¡ñam, ñam!, mientras hablaban, reían y jugaban.

Como es natural, se acabaron primero las verdes y aquel “papá Mortadelo” le pidió una aceituna negra a su hija. Fue entonces cuando a ella, a pesar de tener aceitunas negras, se le ocurrió darle un hueso. El se hizo el enfadado y por cada uno de sus gruñidos aquella niña soltaba tres carcajadas. A partir de aquel instante ella empezó a comer muy deprisa sus aceitunas, sólo para invitar a su padre a comer los huesos. Se moría de risa al ver a su padre-bobo como uno tras otro se metía huesos en la boca sin parar, pensando que hallaría jugosas aceitunas. Así pasaron aquella mañana de sábado.

Horas más tarde se le vio dejar a su “loca bajita” a la puerta de los adultos y regresar a su casa con una bolsa blanca de plástico llena de recuerdos avinagrados en su coche. Pero antes, en medio del camino, se detuvo, cogió la bolsa y se bajó. Se fue caminando hacia una pequeña arboleda que había en lo alto del horizonte y desde la que se podía ver el mar, allí se arrodilló, habló con los árboles y enterró los huesos de la vida que regó en aquel mismo instante con sus ojos.

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Los habitantes de la zona dicen que durante algunos años creció un olivo con dos troncos que más arriba se unían y sobre el que colgaban dos únicas ramas de las que salían todas sus aceitunas, era un olivo que daba una aceituna única, una aceituna de color negro con sabor anchoa. Pero una mañana de otoño aquel frágil arbolito de vida apareció serrado por la mitad, muy cerca del acantilado. Cuentan que durante días se levantó un gran temporal en la zona que no permitía acercarse hasta el lugar y que el viento y la lluvia acabó por empujar al mar.

A veces, en la orilla de la playa, aparecen algunas aceitunas varadas que nadie se atreve a recoger. No se sabe si son del arbolito, o si serán aceitunas que algunos niños tiran al mar desde el acantilado, donde se cree que estuvo plantado el olivo, en recuerdo de esta pequeña historia.

Ay amor. REVOLVER

Ay amor. REVOLVER

Fueron tirando cuatro años de sus reservas de cariño
Hasta agotar su capital
Y un día vulgar como otros tantos el ordinario azul dio paso
Al rojo más dilatador de la verdad
No había nada a compartir ni un triste beso
Que llevarse a los labios más bien secos
Vacíos el armario y los cajones de risas de caricias y te quieros

Ay amor que vienes tal como te vas
Es decir sin despedirte es decir sin avisar
Ay amor que te vas siempre como vienes
Enseñando bien los dientes al marcharte y al llegar

Su electrocardiograma de ternura fue tan plano
Como lo es la línea del horizonte
Las existencias de felicidad que un día guardaron
Hoy ninguno sabe dónde están
El fútbol, los concursos y García
Fueron los enfermeros del enfermo
Que más que revivir se remoría con la lengua colgando como un perro

Ay amor que vienes tal como te vas
Es decir sin despedirte es decir sin avisar
Ay amor que te vas siempre como vienes
Enseñando bien los dientes al marcharte y al llegar

Y se marcharon cada uno por su lado sin mirar
Los restos del naufragio entre los dos
Sabiendo que a menudo es lo más fácil naufragar
Si apuestas contra el diablo de farol

Ay amor que vienes tal como te vas
Es decir sin despedirte es decir sin avisar
Ay amor que te vas siempre como vienes
Enseñando bien los dientes

Ay amor que vienes tal como te vas
Es decir sin despedirte es decir sin avisar
Ay amor que te vas siempre como vienes
Enseñando bien los dientes al marcharte y al llegar

Una agarradera

Una agarradera

A veces busco asideros porque necesito sujetarme, apoyarme para seguir haciendo camino y lograr vencer al otoño desde mi cuartel. Busco alrededor pero no hay flores, salvo las que se compran, no sé, será que es otoño. Tampoco veo sentimientos, salvo los que se venden. Entonces desempolvo viejos cuadernos de ilusiones y me encuentro ánimos de alguien, palabras que antaño puse en bocas de otros, cuando escribía por trabajo y no para vivir, como hago ahora.

Recuerdo una cita con especial admiración y está guardada entre la espuma del colchón de mi cama. La pronunció Edward Kennedy después de ver como asesinaban por segunda vez, en pocos años, a un miembro de su familia (Robert). Un periodista se le acercó y le preguntó: “Senador, ¿qué va a hacer ahora la familia Kennedy?”.
Él entonces respondió: "The work goes on, the cause endures, the hope still lives and the dreams shall never die”, que traducido viene a ser: el trabajo continúa, la causa permanece, la esperanza todavía vive y los sueños nunca morirán.

La cita me sirvió como asidero para muchos momentos de mi vida. Aún hoy lo sigue haciendo pero he tirado de ella tantas veces que empieza a desgarrarse.

SUS MUERTOS MÁS FRESCOS

SUS MUERTOS MÁS FRESCOS

Una noche, justo a principios del mes que ahora termina, me vi asaltado por un grupo de niños vestidos de familia Adams, las caras pintarrajeadas de colorines, túnicas negras y gorros de punta, que llevaban una calabaza y linternas. ¡Halloween!, gritaban los pequeños hijoputas. ¡Halloween! Y cuando me detuve, rodeado como Custer en Little Big Horn, un enano de unos ocho años, disfrazado de una mezcla entre Drácula y Rappel, me miró con mucha fijeza y, asestándome el haz de la linterna en el careto, espetó, amenazador: «¿Trato o truco?». Dudé, consciente de la gravedad del asunto. «¿Qué tengo que decir?», pregunté con el viejo instinto profesional de quien pasó veinte años por esos mundos, eludiendo controles de psicópatas uniformados y con escopetas. «¡Trato!», aullaron los pequeños gusarapos. Lo dije,- y todos extendieron la mano. Resignado, hurgué en los bolsillos y compré mi libertad y mi vida a cambio de tres euros y cuarenta céntimos. Ojalá os lo gastéis en reparar la videoconsola, pensé. Cabrones.

Seguí camino, y a poco me crucé con un grupo de jóvenes y jóvenas, ya más cuajaditos, que pasaban tocando el claxon de sus Polos y sus Focus, vestidos de Freddy Kruger y gritando ¡Halloween! por las ventanillas. Y me dije: rediós. Lo que hace la tele. España. Primeros de noviembre. El país de los cementerios mediterráneos, de los huesos de santo y de don Juan Tenorio, donde nunca hubo una bruja suelta porque las quemábamos a todas. Y ya ves. Ahora todos vestidos de Harry Potter y haciendo el gilipollas. Porque ya me contarán ustedes qué carajo tiene que ver lo de Halloween con aquí, la peña. Esa murga de la calabaza es costumbre anglosajona, creo, llevada a Norteamérica por los irlandeses rebeldes que su graciosa majestad británica deportaba a las colonias con redadas de putas inglesas, para que unos y otras se aparearan cual conejos, repoblando las tierras que el exterminio de los indios -ejecutado, claro, en nombre de la razón, la libertad y el progreso- dejaban vacías. Sí. Nada que ver con los sucios y grasientos spaniards, que además de colonizar por vulgar ansia del oro, preñahan a las indias-y hasta se casaban con ellas, los degenerados, llenando América de sucios mestizos que ahora le oscurecen la piel y el idioma a los votantes de Arnold Schwarzenegger o de George Bush, mis aliados predilectos. y que se jodan Pero me desvío del asunto. Y el asunto es que soy consciente de que, si leen esto, mis sobrinos van a decir que el tío Arturo es un antiguo y un fascista; pero qué le vamos a hacer. Tal vez vestirse como draculines, pedir viruta o caramelos o irse a bailar y soplar calimocho disfrazados de Chucky el Muñeco Diabólico sea más divertido. A lo mejor. Pero cada cual tiene sus gustos. Puesto a manejar calaveras, prefiero el día de los difuntos mejicano, que sí es hermoso, bellísimo como espectáculo y entrañable como conmemoración, lleno de tradiciones, de arte, de sentido y de respeto. Por favor. No me comparen a una pequeña Morticia gritando ¡Halloween! como una tonta del culo, con un crío mejicano que, junto a un altar de Difuntos barroco puesto por los familiares y vecinos en la casa, la calle, la iglesia o entre las tumbas del cementerio, te recuerda que es noche de ánimas mientras pide un peso «para la calaverita». Y es que yo nací hace cincuenta y dos años, cuando no había puta televisión que nos contaminara de imbecilidad gringa. Así que háganse cargo.

Mi infancia, he dicho alguna vez, transcurrió junto a un mar azul, viejo, sabio como la memoria, en cuyas orillas crecían olivos y viñas, y por el que vinieron, desde Levante, las cóncavas naves negras, el latín, los héroes y los dioses: todo lo que, en cierto modo, siguió luego camino hacia México y otros lugares donde hoy se habla y se lee en español. Crecí educado en esa certeza, oyendo cada noche de Difuntos -entonces esa noche aún se llamaba así- recitar a mis abuelos los versos del Tenorio, y visité con mis hermanos y mis primos, cada primero de noviembre, cementerios blancos donde mujeres vestidas de negro arreglaban ramos de flores junto a lápidas con inscripciones resignadas y serenas. Lápidas en cuya lectura aprendí, mucho antes de leer a Jorge Manrique, que la muerte no es horror, sino descanso. Así que no les extrañe que, con semejante currículum en el saco marinero -el mismo que tienen muchos de ustedes-, cuando vea a los de Halloween y a la madre que los parió, me acuerde. como en la maldición gitana. de sus muertos más frescos.

El Semanal, 30 de noviembre de 2003