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Una Campanilla llamada Ale

¿Donde están mis estrellas?

¿Donde están mis estrellas?

Si pudiese hablar con Dios hija y Él me concediese varios deseos no le pediría ser inmensamente rico, ni poseer mujeres guapas que me amen, ni tan siquiera gozar de buena salud. No le pediría no envejecer o disfrutar de un largo viaje alrededor del mundo. No le pediría que echase el tiempo hacia atrás, ni que me arreglase mi destartalado medio corazón. Ni tan siquiera le pediría por ti (perdóname hija). Le pediría elegir la estación de mi partida para poder elegir ésta. Escogería un día como el de antes de ayer, un día gris, lluvioso y con viento.

Le pediría que los ángeles tocasen para mí you are the one, hasta que el barco alcanzase l43º40’N, L5º52’W y mis cenizas fuesen esparcidas en el mar. Entonces se levantaría tanto viento que todos los árboles se quedarían desnudos y sus hojas vendrían al mar. Cada una de ellas, como pequeños veleritos, recogerían un trozo de mí y lo llevarían como polizón hasta la raya del horizonte donde me dejarían para siempre.

Allí vería amanecer antes que nadie, recogería el sol y lo pondría a tus pies todas y cada una de las mañanas, para que no vivieses nunca mis otoños, para que nunca me echases de menos. Ese sería el pacto hija, yo te traería mi sol y me llevaría tus estrellas, te traería el día y me llevaría tus noches.

Si pudiese hablar con Dios le pediría ser la sombra cosida a tu zapato desde niña. Me sentaría a verte crecer y lloraría por dentro todas y cada una de las veces que te viese reir por fuera. Sería el fantasma que asustaría a los tuyos, para que nunca tuvieses miedo hija.

Ayer mientras atardecía fui paseando por la playa y descubrí que el mar había dejado en la orilla una botella que llevaba mi nombre. La botella no estaba llena de vacío como tantas que había ido recogiendo a lo largo de mi vida. Aquella botella brillaba de forma diferente, como si tuviese una Campanilla dentro. Al abrirla tú saliste de ella y me entregaste el sol del día, me soplaste a la cara y con tu genio de niña, aquel tan gracioso que tenías con tan sólo tres años, me dijiste: “papá son ya las nueve de la noche ¿dónde están mis estrellas?”.

MÁS IMBÉCILES QUE MALVADOS

MÁS IMBÉCILES QUE MALVADOS

Arturo Pérez-Reverte
EL SEMANAL, 16 de noviembre de 2003

A veces me acuerdo de ese diálogo en el que, conversando dos amigos, comenta uno: «Somos gilipollas», y al decir el otro «No pluralices», responde «Vale. Eres gilipollas». Quiero decir con eso que en esta página suelo asumir sin demasiados complejos mi cuota de gilipollez. Cuando juro en arameo procuro recordar que soy tan culpable como cualquiera. Ya no hay nadie inocente, y nos dividimos en general, salvo excepciones dignas del National Geographic, en dos categorias: los malvados y los imbéciles. Que no sólo son categorías compatibles, sino que a veces una lleva a la otra. George Bush es una muestra de cómo la imbecilidad puede convertirte en malvado. Y en España, para qué hablar. Recuerden al imbécil de Roldán, el ex director de la Guardia Civil, que terminó en malvado de película casposa de Pajares y Esteso. Pero también se da el proceso inverso. Javier Arzalluz, por ejemplo: un hombre lúcido e inteligentísimo que ha terminado escupiendo odio por el colmillo cada vez que abre la boca. A eso me refería. A veces, con su ejercicio continuado, la maldad o la mala fe pueden convertirte en un imbécil.

Lo que sí creo es que, en conjunto, somos más imbéciles que malvados. De momento. En España y en otros sitios. Lo que pasa es que aquí, claro, se nota más. Alguna vez he dicho que nunca en la historia de la Humanidad hubo, como ahora, tanto gilipollas gobernando, haciendo política, dictando leyes y normas, estableciendo lo socialmente correcto, controlando la cultura, la moda, el feminismo, el cine, las tertulias, el periodismo, creando opinión pública, influyendo en lo que vemos, comemos, vestimos, leemos, soñamos. Basta escuchar la radio, ver la tele, hojear un diario, oír hablar de delincuencia, de inmigración, de jóvenes, de religión, de automóviles, de lo que sea. Los imbéciles están en todas partes. Lo curioso, cuando miras alrededor, es que en realidad la gente no es así. Pero poquito a poco, como una enfermedad taimada que se va infiltrando a la manera de las películas aquellas de marcianos ladrones de cuerpos y cosas por el estilo, cada día que pasa todos nos parecemos cada vez más a esos ciudadanos virtuales que los imbéciles y los malvados se empeñan en fabricar. Los medios de comunicación masiva se han convertido en inmensos catálogos de publicidad, tendencias y reclamos. En tiranuelos de la imbecilidad de turno que se debe hacer, leer, decir, llevar. Ser. Algo imposible, desde luego, sin la complicidad de los receptores del mensaje; sin el aplauso y refocile de las víctimas, incapaces del menor sentido critico ante el modo en que se deforma la realidad para adaptarla a las tendencias impuestas o por imponer.

De los últimos tiempos conservo, entre muchas, dos perlas ad hoc. Hace un par de meses me quedé de piedra pómez viendo un programa de la tele sobre la vuelta al cole y la moda juvenil para el nuevo curso.
Ilustrando las tendencias de este año salían unas ninfulas uniformadas de colegio, con libros y mochilas, vestidas con escuetas minifaldas escocesas, calcetines, zapatos de tacón de aguja y camisas abiertas hasta el piercing del ombligo, maquilladísimas con cara de lobas agresivas y una pinta de putas que tiraba de espaldas. Y lo más gordo es que después he visto por la calle colegialas vestidas así. O casi. Pero la mejor es la otra perla. Mi premio Reverte Malegra Verte a la imbecilidad del año 2003 se lo lleva un recorte de suplemento dominical -menos mal que no es éste- titulado La dignidad que esconde una chabola, donde el asunto consiste en demostrar que la pobreza no significa falta de imaginación a la hora de buscar soluciones que hagan acogedor un entorno. Nada de eso. Por Dios. También los pobres tienen su puntito. Y más ahora, cuando a los poblados chabolistas se les llama, hay que joderse, barrios de tipología especial. Así que, para demostrar que una chabola puede ser tan imaginativa y de diseño como un chalet de Ibiza, se muestran diversas fotografias de casas gitanas cutres, imagínense el paisaje, con relamidos textos estilo Architectural Digest: «Los materiales predominantes elegidos son la chapa, la madera y el cartón», dice un pie de foto, para añadir que la chabola «cuenta con un solo espacio funcional que sirve como cocina, sala de televisión, baño y dormitorio». Y remata: «La solución para sostener el techo es una viga apoyada en un divertido bidón relleno de hormigón». Lo juro. Tengo el recorte. Y somos imbéciles. No me pidan que no pluralice.

Mariposa traicionera. MANÁ

Mariposa traicionera. MANÁ

Eres como una mariposa:
vuelas y te posas vas de boca en boca,
fácil y ligera de quien te provoca.
Yo soy ratón de tu ratonera,
trampa que no mata pero no libera,
vivo muriendo prisionero.
Mariposa traicionera,
todo se lo lleva el viento,
mariposa no regresó.

Ay, mariposa de amor,
mi mariposa de amor.
Ya no regreso contigo,
ay, mariposa de amor,
mi mariposa de amor.

Nunca jamás junto a ti,
vuela amor, vuela dolor
y no regreses a un lado
ya vete de flor en flor,
seduciendo a los pistilos
y vuela cerca del sol,
pa' que sientas lo que es dolor.

Ay, mujer cómo haces daño,
pasan los minutos cual si fueran años,
mira estos celos me están matando.

Ay, mujer que fácil eres, abres tus alitas,
muslos de colores donde se posan tus amores.

Mariposa traicionera,
todo se lo lleva el viento,
mariposa no regresó.
Ay, mariposa de amor,
mi mariposa de amor.

Ya no regreso contigo ay,
mariposa de amor,
mi mariposa de amor.
Nunca jamás junto a ti,
vuela amor, vuela dolor
que tengas suerte en tu vida
ay, ay, ay, ay, ay dolor,
yo te lloré todo un río,
ay, ay, ay, ay, ay amor,
tú te me vas a volar...

No voy a ser tu esclavo. MANÁ

No voy a ser tu esclavo. MANÁ

No me crucifiques con los clavos del amor, mi morena,
no soy de tu propiedad, mi reina y no voy a ser tu esclavo.
Si siempre te amé, por estar atado al corazón,
no voy a ser el otro eslabón de tu colección de esclavos,

¡No, no, no, no, no, no! Mujer hermosa, eres una reina peligrosa,
eres las espinas de una rosa, me matas amor, mujer hermosa,
eres una reina peligrosa, eres las espinas de una rosa,
mas no voy a ser tu esclavo.

Eres una reina, una princesa del amor donde pierdo entre tus muslos la razón, mujer eres magia negra
¡No, no, no, no, no, no! Mujer hermosa, eres una reina peligrosa,
eres las espinas de una rosa, me matas amor, mujer hermosa,
eres una reina peligrosa, eres las espinas de una rosa, me matas amor.

Ay, no quiero ser esclavo del amor. Ay, yo quiero escaparme del dolor. Ay, no sé qué hacer, no sé, no sé.

Mujer hermosa, eres una reina peligrosa, eres las espinas de una rosa, me matas amor, mujer hermosa, eres una reina venenosa,
eres las espinas de una rosa, mas no voy a ser tu esclavo.

Sépalo bien, pero óyemelo bien.
Sépalo bien, pero óyemelo bien
Sépalo bien, pero óyemelo bien
Sépalo bien, pero óyemelo bien

Tu primer día de clase

Tu primer día de clase

Ayer Ale, cuando te llevé a la cama, me saqué un cuento de la chistera. Papá es mago –pensaste enseguida, siempre tiene un truco preparado para mí. Íbamos a leer finalmente aquel cuento que un día encontré, para mi sorpresa, en la librería de William Thacker cuando estuve en Londres: “Mage y su primer día de colegio” (ediciones SM). ¡No puede ser! –exclamé, al descubrir aquel libro en español en pleno corazón de Notting Hill un cinco de abril. Así que lo compré y te lo guardé, en secreto, en un pequeño huequecito que tengo en mi corazón, donde guardo tus cosas, pegadito al lugar por donde entran y salen mis amantes según les place.

Me metí en tu cama y nada más desenvolver el paquete, antes de empezar a leer, sin que lo notases, cambié el título del libro: “Alejandra y su primer día en el colegio La Gesta” (ediciones Walton), era el título del cuento -te dije. Es lo bueno que tiene saber leer y que tú, aún, no sepas –reí divertido.

Te dormiste antes de que lo acabase, estabas agotada. Seguro que vivías aquellas horas con la misma intensidad conque vives la llegada de los Reyes Magos cada cinco de enero. Me acurruqué a tu lado, pegué mi pecho a tu espalda, pasé mi mano por tu barriguita y acompasé mi respiración a la tuya hasta quedar dormido también. Aquella noche mamá me dejó dormir en tu cama y no hizo nada por separarme de tu lado, ella sabía de la importancia del día siguiente para los dos, así que se fue a dormir con sus celos.

A media noche la claridad de la luna entraba por tu ventana y me despertó. Comprobé que seguías bien tapada, te di un pequeño beso y sin que ninguna de las dos mujeres de la casa me oyesen me acerqué a tu pequeña silla pegada a la ventana con la cara de mudito en el respaldo y olí tu uniforme, acaricié tus zapatos azules del 27, toqué tu maleta de Minie y abrí tu estuche de Winnie The Pooh. Al hacerlo descubrí que mi hija era la encargada de pintar el arco iris en el cielo de Oviedo. Temí que la luz que salió de aquel estuche os despertase a ti y a mamá, así que robé la pintura verde que tanto te gusta lo más rápido que pude y mi mano escribió la letra de esa canción que parece una nana escrita para ti, con la certeza de que al día siguiente, al abrir aquel estuche lleno de colores esperanza harías, sin más, una bola de papel y se la tirarías a la cabeza de Borja. ¡Bendita inocencia!, ¡piérdela lo más tarde posible hija! -suspiré. Te la dejé escrita igualmente.

“¿Sabes? vida mía que cuando cae el sol y se apaga el día la luna brilla pura y limpia, pues tu la iluminas con tu amor, con tu belleza y con tu olor, con tu cariño, tu alegría y con tu voz. Pero si tu nos estás, si tú te vas la luna mengua y desaparece, y las estrellas la encontrarán y descubrirán que mis lágrimas mecen en algún lugar, sin más amparo que, mi propia soledad.”

Volví para tu cama y te susurré al oído muchas cosas: “Es muy importante ir al colegio hija”. “Necesitas ir al colegio para conocer cómo subir a la segunda estrella a la derecha sin que nadie te enseñe el camino y lo más importante, no bajar de allí aunque crezcas”. “Tienes que estudiar hija porque quizás un día me pidas timonear el Carpe diem y no quieras ni tan siquiera que yo sea tu proel” -lo entenderé. “Debes ir al colegio para aprender a escribir y escribirme y para que te enseñen a leer y leerme hija”. Sé que me escuchas dormida hija: “tienes que ir al colegio y tienes que ir la más bonita, la más contenta, la más alegre, aunque no sea yo quien te lleve”.

Hija, tampoco te acosté ayer. No dormí contigo, no pude oler tu ropa, ni abrir tu estuche. Esta mañana cuando desperté entre mis brazos estaba un cuento pero no era el de “Mage y su primer día de colegio”. El libro tenía dos nombres de mujeres y no eran ni el tuyo ni el de mamá. Paula. Isabel.

Apenas el sol comenzaba a despertar al mar decidí que aquella mañana mi café no llevaría ni leche ni azúcar. Sería un café más bien amargo, un poco salado, que lentamente, sorbo a sorbo, me inyectaría en mi medio corazón, mientras pensaba en lo linda que estarías en tu primer día de clase en tu colegio nuevo, aunque no fuese yo quien te llevase.

Aún drogado por aquél café de la mañana, al llegar la noche y con sólo la luz de las velas, quise escribirte esto hija, para que un día pudieses leer cómo fue tu primer día de colegio, y recordases, pero también para que ese día pudieses sentir cómo lo viví yo, tu papá. Y para que puedas recordar cómo fueron mis lágrimas de igual forma que yo soy capaz, ahora, de sentir cómo serán las tuyas, mientras lo leas, pero para eso tienes que ir a la escuela hija, aunque no sea yo quien te lleve.

Te quiere.

Papá

Pequeña historia de un mandilón rosa

Pequeña historia de un mandilón rosa

El otro día me quedé al mediodía contigo. Te conté un cuento antes de acostarte y juntos empezamos a dormir la siesta. Cuando ya era tarde para mí no tuve más remedio que subir a despertarte. No lloraste, ni te enfadaste, ni siquiera pusiste ese ceño gruñón tan simpático que tienes, simplemente abriste los ojos y de repente, como si lo entendieses todo, como si me entendieses a mí, te incorporaste lentamente y con tu mano izquierda recogiste mi mejilla y me diste el beso más dulce y más tierno que me ha dado mujer alguna. Todavía medio dormida, susurrando, me pediste que te vistiera abajo.

Te llevé a tu “cole” rápido porque yo llegaba tarde al mío. De camino, en el coche, me pediste que quedase contigo para que jugásemos juntos pero “yo voy a un cole de mayores” -te dije- aunque nada hubiese deseado tanto como haber podido quedarme contigo aquella tarde, y el día siguiente, y toda la vida, jugando, y no creciendo, ni tú, ni yo. Te pregunté si me querías y me dijiste que sí.

Llegamos al “cole” y al bajar te cogí en brazos y me pediste que te pusiera tu mandiloncito rosa. No sé por qué pero te dije que no. Imagino que porque ya era muy tarde para mí, el coche estaba mal aparcado y llovía. Ya en la guardería te posé en el suelo, cogiste mi mano y me volviste a pedir que te pusiese el mandilón, nuevamente te dije que no. Ahora lo siento, lo siento muchísimo hija. Perdóname. Comenzaste a llorar y la profesora salió a buscarte.

Ni siquiera tuve tiempo de despedirme y me fui con tu recuerdo, llorando y pidiéndome que te pusiese el mandilón. Salí rápidamente y cuando cerré la puerta del coche me di cuenta que también llovía dentro, mas la lluvia no era igual a la de afuera. Miré hacia abajo y mis lágrimas iban tiñendo de rosa mi ropa.

Sé que tu disgusto duraría apenas unos segundos más, a mí me durará siempre y hoy te escribo estas letras que no me consuelan.

Ayer te fui a ver a casa y me pediste -como haces siempre- que me quedase contigo. Sólo querías reir y jugar. No me reprochaste nada, como haría cualquier adulto, ni si quiera te acordabas de tu cole, ni de tu mandilón, ni de tus lágrimas, pero yo sí, hija. Allí mismo, de rodillas, mientras nos abrazábamos, sin que tú lo notases me prometí que un día, cuando fueses mayor te leería esta historia y te pondría el mandilón rosa que no te puse y juntos, los dos, volveríamos a llorar.

Te quiero.

Papá

SOLDADOS PERDIDOS DE DIOS

SOLDADOS PERDIDOS DE DIOS

Arturo Pérez-Reverte
EL SEMANAL, 9 de noviembre de 2003

El otro día volví a ver La misión, esa película extraordinaria que cuenta la rebelión de los jesuitas contra las autoridades coloniales y eclesiásticas a mediados del siglo XVIII, cuando las poblaciones ignacianas del Paraguay fueron entregadas por España a Portugal. En la guerra que aplastó a los pobres indios sublevados, algunos padres de la Compañía de Jesús tomaron partido, combatiendo como leones para defender a quienes llamaban sus hijos. Eso ocurrió diecisiete años antes de la expulsión de los jesuitas de España por Carlos III, y veintitrés antes de que el papa Clemente XIV decretara la supresión, que duraría casi medio siglo, de la orden aprobada a san Ignacio en 1540.

Aquella rebelión me fascinó de jovencito, cuando leí unas relaciones en las que padres de la Compañía contaban cómo dirigieron, con disciplina y tácticas militares, la lucha contra los portugueses. Tal vez por eso, por el desgraciado destino posterior de la orden, su carácter español y el detalle, importante para un lector mozo, de que Alejandro Dumas convirtiese al mosquetero Aramis en superior de la Compañía de El vizconde de Bragelonne, atribuí siempre a los jesuitas un carácter romántico, orgulloso, duro. Después supe que aparte de misioneros, científicos y educadores, también fueron, a ratos, nocivos para la libertad y el progreso, y que la ruina les vino de su propia arrogancia. Mas, pese a todo -incluido el rencor que, como español, profeso a la Iglesia católica desde el concilio de Trento por el vivan las caenas que cargo a su cuenta-, mi simpatía por la milicia de san Ignacio no llegó a extinguirse nunca. Más bien se renovó cuando, siendo reportero, anduve por ahí con jesuitas de mucha talla intelectual que no predicaban mansedumbre y sumisión, sino que se batían el cobre: unos con la teología de la liberación en la boca y otros con un fusil en las manos. Pidiendo que esta vez los dejaran equivocarse a favor de los pobres, pues durante mucho tiempo la Iglesia se estuvo equivocando a favor de los ricos.

En los últimos veinticinco años los han vuelto a machacar. Empezando por el padre Arrupe, superior de la orden, que después de haber sido ojito derecho de Juan XXIII y Pablo VI, apuntándose con su tropa a los aires renovadores, acabó en Roma como furcia por rastrojos, hasta que lo hicieron dimitir y se acabó la primavera romana de la señora Stone. Aquella apertura apoyada por los jesuitas, el compromiso activo del concilio Vaticano II con los infelices y oprimidos de la tierra, hizo mutis con el cerrojazo polaco de Karol Wojtila, para quien la piedad, el dogma y la ortodoxia cuentan más que el debate libre y la justicia social directa. Apenas elegido, Juan Pablo II cambió la teología de la liberación y los curas obreros por el freno y marcha atrás, la parafernalia viajero-mediática, el dú-duá de las amigas Catalinas y el arrinconamiento del ala progresista de la Iglesia, incluso de las órdenes religiosas tradicionales, en beneficio del Opus Dei, los Legionarios de Cristo y otros movimientos ultraconservadores que han florecido en el mundo al socaire de Roma. Y en España, para qué les voy a contar.

Y ahí están, los chicos de san Ignacio. Puteadísimos. Su actual prepósito, el padre Kolvenbach, intenta templar gaitas. Las heridas y recelos, dice, se han superado. Quizá sea verdad, en parte; pero el precio fue alto, y lo sigue siendo. En las dos últimas décadas, el atrevido movimiento misionero de los jesuitas, su compromiso intelectual y su orgullosa independencia, los ha hecho clientes habituales de la Congregación para la Doctrina de la Fe, antes llamada Inquisición. Como antaño, aunque más suave de modales, Roma disciplina a las ovejas que no marcan el paso. Ad tuendam fidem. Y así, muchos jesuitas castigados, amordazados o hartos, cayeron por el camino: 10.000 bajas en veinte años, y sólo 929 seminaristas, hoy. Casi una limpieza étnica.

Tal vez por eso me siguen gustando esos tíos. Aunque sus jefes de ahora no tengan otra que envainársela y doblar el pescuezo, mucha tropa sigue fiel al compromiso radical con los pobres y la liberación de los pueblos, pese a la que está cayendo. Y a la que va a caer. Supongo que hay mucho de novelesco en mi punto de vista, pero ya ven. Subjetivo que es uno. De algún modo sigo viéndolos como herederos de los arrogantes jesuitas que, con un par de huevos, pelearon junto a sus hijos indios, vendiendo cara la piel. Sin rendirse. Como soldados perdidos de Dios.

Noviembre dulce

Noviembre dulce

Nelson Moss y Sara Deever no tienen nada en común excepto una penosa hora que pasaron en el Departamento de Automóviles. Ella es una persona encantadora que consigue sacar lo mejor de los hombres. Él es un ejecutivo adicto al trabajo cuya única relación íntima es con el balance final. Hasta que conoce a Sara.

Intrigados el uno por el otro, pero no lo bastante dispuestos a comprometerse, se deciden por un noviazgo bastante poco convencional: un mes de prueba, tras el cual seguirán caminos diferentes. Sin expectativas. Sin presión. Sin ataduras. Al menos eso pensaban.

Despertares

Despertares

Un neurólogo neoyorkino decide, a mediados de los años sesenta, someter a un complejo experimento a sus pacientes de encefalitis. Se trata de una enfermedad que priva de las facultades motoras a las personas que la padecen hasta reducirlas a estado vegetativo.

Alejandra en el Carpe diem

Alejandra en el Carpe diem

Esta es Ale en el Carpe diem, un día otoñal en el mes de julio. Ale fantasea con el barco y yo me encargo de dosificar su imaginación: el barco era de Peter Pan, que yo fui en él al Pais de Nunca Jamás. Un día Ale me preguntó por qué el barco no podía volar y yo le dije: "¿cómo que no vuela?, sólo tenemos que salir a navegar una noche, cerrar los ojos, sentir el viento de cara y al abrirlos sólo veremos las estrellas, y lejos, muy lejos, las luces de la ciudad. Claro que para ello necesitaremos polvo de hadas". Me preguntó si podríamos salir aquella misma noche.

Mensaje en una botella

Mensaje en una botella

Tras un doloroso divorcio, Theresa vive volcada en su trabajo de investigadora en el Chicago Tribune y en el cuidado de su hijo. Durante unas vacaciones que pasa sola, descubrirá en la playa una botella que contiene una carta conmovedora y sincera firmada con una críptica G.

La misiva impresionará tanto a Theresa, que se pondrá a buscar como una loca al misterioso G. Descubre que es Garret, un constructor de barcos de Carolina del Norte, que también lleva una vida triste y solitaria desde que perdió a su mujer.

¿Desayunan churros con chocolate los cerdos?

¿Desayunan churros con chocolate los cerdos?

Mi hija, con poco más de tres años, me va a matar, así que ya ven ustedes, lo que no que no consiguieron muchas y pretendió alguna lo va a lograr mi hija que es matarme, pero de la risa y he ahí la diferencia. Mientras las primeras y las segundas lo pretendían a disgustos, mi hija acabará matándome con tan noble arma. ¿Y qué quieren que les diga?, lo único que lamentaría sería las carcajadas que me perdería. Les explico.

Sábado once de los corrientes (220v), (¿se pilla esto último?, porque si no se pilla, me lo dicen y no vuelvo a ser tan sutil. Y si se pilla, pues tenga ustedes también mucho cuidado no les vaya a dar corriente, juas, juas). Mi niña se despierta y le digo, bueno Ale, ¿nos pegamos un baño de espuma?.

Les voy a confesar un secreto, aún me baño con mi hija, es algo que vengo haciendo desde el primer día que la trajimos del hospital a casa y aún hoy tengo el privilegio de conservar. Me encanta. Lo que ocurre es que, por un lado, cada vez me exige que pase más tiempo debajo del agua, aún no entiende que su padre no es un pez aunque tenga “cara de”; y por el otro, no sé qué extraño placer encuentra en meter en la bañera con: cacharretes, muñecos de plástico, dos pistolas de agua (una para ella y otra para mí), pelotas de todos los tamaños y de todos los colores, tazos, el Capitán Garfio y Peter Pan, un cocodrilo, un tiburón, un silbato, cuetos de agua, animales, alguna muñeca, etc..., y claro yo no me atrevo a preguntarle si ellos o yo (eso, les aviso, sobre todo a los incautos, nunca se le debe preguntar a una mujer, aunque ésta tenga tres años), así que nos bañamos todo un universo: Ale, la juguetería (sin dependienta porque con ella ya me baño los fines de semana impares ;P) y yo. Y de verdad que no entra ni Dios (esto está traído aquí por le del universo de antes ;DD). Lo que menos hay es agua.

Les aseguro que unos de los grandes placeres que tiene la vida es bañarme con mi hija y “sus amigos” los sábados y los domingos por las mañanas los fines de semana que la tengo.

A veces, en medio del baño me pide que la saque para hacer esas cosas que yo pensaba que las mujeres no hacían y más las niñas pequeñas pero ¡¡¡vaya que sí hacen!! y hasta eso me parece sublime por lo inocente, lo tierno y lo bello.¡¡¡¡Que se pare el mundo por Dios en ese instante!!!!, cuando la veo, yo desde la bañera con sus juguetes –y también los míos, vale, lo reconozco- con más cuerpo metido dentro que fuera en la taza del water, llena de espuma por todas partes, y me dice, sonrisa de oreja a oreja: ¡¡¡papá también estoy haciendo caca!!!. ¡¡¡Joer hija, ¿sabes que un día te arrepentirás y no sólo de haberme dicho ese tipo de cosas, al fin y al cabo quién te limpia sino yo?, te arrepentirás de bañarte conmigo?.

No les voy a dar más rodeos para contarles lo que les quiero contar.

Bueno, pues verán, aquel sábado eléctrico mi hija se despierta y después de jugar un rato con ella en su cama, ¡uys!, perdón, en su barco, porque el suelo es agua, debajo de la “cama” hay cocodrilos terribles (almohadas tiradas por todos lados) y cuando aparecen por la habitación, mi madre, mi padre o mi hermano son piratas pero piratas tontos porque ponen cara de asombro cuando les decimos: ¿qué queréis?, ¿veníis a buscar el tesoro?. ¡Pues sabed que Wendy y yo no os lo vamos a dar!!! y ponemos el grito en el séptiemo (vivimos en el cuarto) -es nuestra consigna de guerra- ¡NO QUEREMOS CRECER!!!. Y claro, mi padre pone cara calavera, a mi hermano no le hace falta y la única que colabora un poco en el show del Capitán Keating es mi madre, aunque a veces tengo que recordarle que los piratas en medio de sus “luchas” de almohadas, sables de espuma, no le preguntan a uno: “¿queréis que os haga churros con chocolate para desayunar?”.

En fin, prometí no enrollarme y miren ustedes donde estoy metido nuevamente. Derrotada la pirata Violeta (¿conocen algún pirata con nombre de flor?) y enviada a galeras (cocina) a prepararnos churros con chocolate para desayunar como “castigo” por su derrota y ustedes perdonen pero es la única salida digna que encontré al follón de disparate que tenía montado, le digo a mi Wendy: ¡¡¡Venga Ale vamos a bañarnos!!. Y entonces ella, y sólo ella, con poco más de tres años, es capaz de darme la siguiente respuesta, me calza, dos puntos, abro comillas y signo de exclamación: “¡Papá, HOY NO ME QUIERO BAÑAR, QUIERO OLER COMO UN CERDO!"

Hago un punto y aparte en este momento para que ustedes se tomen unos segundos de reflexión ”y relean la frase un par de veces para conseguir ponerse en situación, EN MI SITUACIÓN. Les puedo asegurar que primero viene el asombro, la incredulidad, cierto, pero seguido vienen unas carcajadas de esas que le hacen a uno reirse, y nunca mejor dicho, como un cerdo , cuando coge aire por la nariz en medio de un ataque de risa.

Pero volviendo al relato, se me planteaba un problema que no era menor: ¿cómo salir dignamente de tan grandioso lance (y me estoy refiriendo a la genial frase de la piratilla) sin perder el garfio (y me estoy refiriendo al que llevaba en mi mano izquierda. Les juro que lo tengo)?. ¿Cómo salir de un absurdo sin caer en el absurdo?. Pues aguantando la mano, viendo que el absurdo es de farol y doblándolo, como si de una partida de poker se tratase. Así que en lo primero que pensé fue en atacar directamente al corazón de mujer que tiene mi niña, sin piedad, porque aunque mi hija tenga tres años maneras se le ven ya (ellas me entienden), pero claro cómo iba a decirle a mi hija: ¡pues no te compro el vestido, los zapatos esos tan monos o ese bolso de piel que te hace juego con no sé que cinturón!, así que decidí enfocar mi estrategia hacia otra parte, quizás menos sentimental pero igualmente importante: el estomago.

Y entonces sabiéndome ya victorioso y sin emplear la /ch/ como ella, con mi “santo par” le solté: ¿pero alma de dios tú has visto alguna vez a un cerdo sentarse a la mesa a desayunar cocolate con surros ?.

Si ella es rápida “entrando a matᔠyo lo soy más con el capote y le calcé un peazo chicuelina que dejé a la piratilla descolocada, y más confundida que Dinio en la casa de Gran Hermano.

Ovación en el tendido y vuelta al ruedo, es decir a la cama, es decir al barco. ¡Uffff!, y respiré aliviado. Por el momento.

No sientas nunca mi frío

No sientas nunca mi frío

¿Cómo estás ahí Ale?.

Por aquí hace frío hija pero no es el frío que tú conoces. No es el frío que tú sientes todas las mañanas cuando vas al cole. No es el frío que te divierte porque de tu boca sale “humo”. No es frío que te hace pensar que pronto vendrá la nieve e iremos juntos a Pajares o San Isidro. No es el frío que te quitas cuando te paras delante de mí en la calle y me dices: “papá cógeme” y echas a correr con esa sonrisa que le quita el frío a la gente que nos ve. No es el frío que dejas de sentir cuando te abrazo y le doy mi aliento de desesperanza a tus manos que ellas transforman en sonrisa, en la tuya y en la mía. No es ese frío hija. Es otro Ale. Es un frío que ojalá nunca sientas. Es un frío que no aparece en los mapas del tiempo. Que no avisa, que cuando llega se queda y aunque se vaya siempre vuelve, aunque tengas las ventanas y las puertas de la casa cerradas, las velas encendidas y estés escuchando boleros como yo estaba ayer, viendo el mar.

Hoy en el trabajo me han dicho que echarán a tres personas sólo porque la cuenta de resultados no tiene calor suficiente y los accionistas tienen frío hija. No te preocupes, no dudes, su frío no es el tuyo, ni el mío. Tampoco lo es el calor que ellos sienten. ¿Dónde está la diferencia?, en poder sentir el cariño que desprende esta carta al escribirla y el calor que tú debieras recibir al leerla. La vida está llena de matices, de sentimientos, de intensidades, aunque todos lo escribamos de igual manera: frío y calor, esperanzas y desilusiones.

Abrígate y no le olvides poner bufanda a tu corazón, aunque sea verano.

Te quiero