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Una Campanilla llamada Ale

La bañera de mi abuela y tú

La bañera de mi abuela y tú Tengo el recuerdo infantil de ir a ver a mi abuela todos y cada uno de los sábados de mi infancia hasta que ella decidió que no habría más mañanas de sábado en mi vida.

Recuerdo aquellas mañanas enteras metido en su gran bañera de espuma que ella empezaba a preparar cuando picaba al timbre de su portal. Mi abuela tenía para mí todo su tiempo y una gran bañera de esas “de las de antes”. Aún hoy, en ocasiones, cuando preparo mi baño, consigo verla enfadarse porque hacía olas con el agua y soplaba la espuma fuera de la bañera. Ahora, después de verte a ti muchas veces en mi baño, sé por qué sólo me podía pasar largas hora metido en la bañera de mi abuela.

Aquella era una bañera que yo transformaba en mi barco y con el que navegaba todo mi universo de pequeñas cosas. Mi abuela renovaba pacientemente el agua caliente cada hora. A veces la espuma se juntaba y formaba una gran isla; en ocasiones se separaba en pequeños icebergs que venían a chocar directamente contra mis juguetes; y en otras, las más, para gran disgusto de mi abuela, cogía la espuma entre mis manos y soplaba y soplaba divertido al pensar que era capaz de hacer volar las nubes del cielo que compartía con ella. ¡¡¡Mira abuela!!, ¡¡mira que lejos ha ido aquella nube!!!, y cuanto más se enfadaba mi abuela, más disfrutaba yo y más feliz me sentía. Probablemente allí empezase todo hija, mi pasión por la mar, por navegar. Sí, mi abuela fue mi primer capitán y yo su fiel grumete. ¡Oh capitán, mi capitán!. Me instalé de polizón en su baño todos los sábados por la mañana.

Un día fui a su casa y ella no me abrió la puerta, nadie me abrazó ni nadie me dio un beso. Nadie me cogió de la mano y me dijo ¡vamos a la plaza a comprar!. El abuelo me dijo que se había ido, que no estaba, que no iba a volver. Lo que no sabía mi abuelo era que ella hacía tiempo que ya estaba en mí y que yo tendría un día un barco, y que mi vela mayor llevaría su nombre.

Nunca volví a bañarme en aquella bañera, ni tan siquiera el acto de bañarme volvió a ser igual para mí. Tardé meses en volver a entrar al baño de mi abuela y el día que lo hice todo seguía igual. Allí estaba ella, viejecita, con su artrosis en los huesos de los dedos, arrodillada. Estaban todos mis juguetes, la espuma, la toalla, la ropa que me iba a poner aquel día, los polvos talco que ella me echaba. Todo seguía igual menos una cosa, no era a mí a quién bañaba, bañaba a una niña.

Hoy, casi veinticinco años después de aquella imagen que nunca entendí pero que quedó grabada entre algodones blancos en mi curiosidad infantil la he comprendido: Ale, te estaba bañando a ti.
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