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Una Campanilla llamada Ale

A río revuelto... ganancia de maquinista

A río revuelto... ganancia de maquinista Mi hija y yo no tardaremos en ser unos fugitivos y estar en busca y captura, incluso ofrecerán una recompensa por los dos, al tiempo. Ya me veo corriendo por el margen del río con mi niña en brazos y a un americano ofreciendo una rueda de prensa el día de nuestra captura: We get us!.

Por Navidad, en mi ciudad, en el espacio dedicado a una gran feria en verano montan un pequeño parque de atracciones para niños con muchísimos juguetes, castillos hinchables, talleres de barro, teatro de guiñoles, toboganes, laberintos..., bueno ya se imaginan, pero el que será causante de todas nuestras desgracias, la madre de todas la atracciones, es un pequeño trenecito al que pueden subir todas esas criaturas de Dios, sólo si tienen menos de ocho años.

La atracción está rodeada por una pequeña valla de madera de unos cincuenta centímetros fácilmente expugnable, sobre todo si lo que se desea es llevar el control del tren desde la máquina, o sea, el poder. Mi hija no quiere ser pasajera, ni siquiera de primera clase, en ese Orient Express para niños, ella quiere ser la maquinista, ir la primera. Hasta aquí no pasaría nada, todo correcto, el problema surge porque para subir a la atracción hay una única puerta de entrada que a la vez sirve de salida y en la que se forma de una cola más larga que un martes de octubre del 36.

Pues bien, mi pequeña ferroviaria hizo la cola muy educadamente un par de veces hasta que vio que de aquella forma no llegaba nunca a sentarse en la máquina pues los niños se van sentando en el trenecito por orden y resultaba difícil ser los primeros en la cola para luego ser los primeros en subirse al tren y poder elegir el sitio. Así que ni corta ni perezosa mi niña me coge de la mano, me saca de la cola y me pone a la altura de la valla donde siempre se paraba la máquina. Ustedes ya se imaginan por donde va a seguir el relato y yo también me lo imaginé, afortunadamente a las niñas, a diferencia de sus colegas de género pero de más edad, se las ve venir.

El caso es que como dos maquis en el 39 estábamos ya los dos preparados para la emboscada, mi hija con unos ojos grandes como lunas llenas y sus pequeñas manos apretadas y en tensión, y yo, ante lo que se avecinaba, con un periódico en la mano y silbando las primeras notas de la Marsellesa. El tren se para, los niños se bajan, follón de padres que recogen a los niños, barullo de madres que quieren entrar con los nuevos pasajeros y mi hija se pone a gritar como histérica como si hubiese visto a Bustamante: ¡¡¡cógeme, cógeme, cógeme!!!. ¡Zas!, la cojo en brazos y un periquete mi maquinista está sentada en su locomotora. Padres envidiosos que desde los “andenes” empiezan a gritar: ¡¡¡¡eeeeeeehh, oiga, hay una cola!!!, ¡¡no se cuele!!, ¡¡¡¡vaya morro!!!!, y claro acaba viniendo una de las tordas que manejan todo el cotarro a llamarme la atención y yo con cara de llevar foul de ases cojo mi periódico y le digo: “pues no sé lo que ha pasado pero mire aquí dice que hay un tipo en Italia que ha hecho un agujero de 7.000 millones de euros en una industria láctea y nadie se había enterado hasta ahora, ¿no le parece la leche?”. Para entonces mi hija ya había puesto en marcha el trenecito: ¡piiiiiiiii!, ¡chucu, chucu, chucu, chucucha! y yo le gritaba cada vuelta: “Más madera, más madera, traed madera, es la guerra”
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