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Una Campanilla llamada Ale

¿Qué te parece si nos casamos?

¿Qué te parece si nos casamos? Así, a veinte centímetros, a traición, fría, subida en un columpio, como no dándole importancia. De esta guisa me soltó mi hija que le había dicho a un niño en el colegio el otro día: ¿qué te parece si nos casamos?, ¡pum!, ¡pum!. El angelito, por lo visto, sobrevivió y anda con mi niña y los demás corriendo detrás de unos tazos (creo que se escribe así aunque el corrector de windows se ponga un poquito pesado) que salen en unos paquetitos de patatas, quienes no sobrevivieron fueron las profesoras que están “aún muertas de la risa”, al menos eso me dijeron en la fiesta de navidad del cole.

Pero vamos a ver hija, ¿cómo es eso de “qué te parece”?, ¿qué te dijo él? –le pregunté. Nada papá. ¿Cómo que nada?, ¿y entonces qué pasó? –insistí. Nada papá, vuelvo a tener por respuesta. ¿Y no deberías habérmelo consultado como hacen las infantas al rey?, ¿no deberías habérmelo presentado antes?. No sé, haber hablado con él, con su padres, saber dónde vais a vivir. Saber si voy a poder seguir viviéndote uno de cada dos fines de semana, en fin, una serie de “pequeños detalles”.

Nada de nada, no obtuve ninguna respuesta, lo cual no sé si debe tranquilizarme o atemorizarme más, porque si estas cosas se toman tan a la ligera... no sé, a lo mejor el día de mañana el día que mi niña quiera ir a tomarse un café con un chico para eso entonces sí hace una petición en toda regla. Lo dejé ahí cuando llamé a los del Libro Guiness para ver si se podía registrar el record, me contaron que una tal Liz Taylor -¿la conocen?- había sido tan precoz en esto del matrimonio que ya llevaba ocho. ¡Póngase en lo peor amigo!, me dijo el fulano del libro, ¡el futuro es de ellas!.
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