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Una Campanilla llamada Ale

El camarero Tonín (y 2ª parte)

Las dos primeras cosas que hice con mi hija el primer fin de semana que según el convenio regulador bla, bla, bla... fue llevarla al elogio del horizonte desde el que se ve el mar y todo Gijón, y después al Dindurra. Cuando a uno le van quedando pocas cosas en las que creer la memoria se convierte en el único asidero posible al que aferrarse y mi mar y mi Dindurra forman parte de ella, como antes lo fue de aquella que me lo traspasó un día, generosa, como yo ahora hago con mi hija para que no se rompa la cadena, tal y como le prometí.

El caso es que allí estaba Tonín, el camarero Tonín. Tonín se convirtió en el primer novio de mi hija, mucho antes que yo y que ese tal Lucas, y aunque ella el día de mañana no se acuerde -o no se quiera acordar- a tenor de la foto. A mi hija el Café le debió de parecer mágico y Tonín el mago de los magos, uno pedía una cacacola (que así es como lo decía Ale) y aceitunas y Tonín venía con ellas y con pinchos de tortilla, croquetas y gambas a la gabardina que mi niña y yo comíamos riéndonos el uno del otro viendo a Tonín pasar con su bandeja en dirección a otras mesas. Lo gracioso es que Ale empezó a llamar “camarero Tonín” a todos los camareros, ya no sólo del Dindurra, sino de otras cafeterías, todos eran “camarero Tonín”. Un día les hice una foto a la pareja, Ale la tiene encima de su mesita de noche y le regalamos otra a Tonín en su portarretratos.

Si un día vienen a Gijón vayan al Dindurra y pidan un café, o una cacacola, allí podrán ver al camarero Tonín, y al fondo entre las ventanas y el pasillo por donde pasan los camareros, sentada en una silla de madera y apoyada sobre una mesa de hierro fundido y mármol podrán ver a una hermosa mujer escribiendo: “Hubo una vez un Capitán...”.

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