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Una Campanilla llamada Ale

Alejandra y el dragón Elliot

Alejandra y el dragón Elliot Ale tiene un nuevo amigo en su mundo que se llama Elliot. Este largo fin de semana con ella fuimos al videoclub, ella cogió Pedro y el dragón Elliot y yo cogí Iris (muy recomendable).

Al día siguiente cuando salimos a la calle eché aire por la boca y le dije:

-¡Mira Ale, soy un dragón, me sale humo por la boca, como a Elliot!.
-No papá, el dragón sale fuego por la boca, el humo sale por la nariz y no es negro –me corrige la sabionda.
-Pues yo sé donde vive Elliot Ale, ¿quieres ir a verlo? –le pregunté.
-Sí, sí –me gritó la pequeña fan.

Así que, pese al frío, la llevé caminando hasta el faro que hay en el acantilado, muy cerca de donde vivo. De camino nos encontramos con los cañones para disparar al barco del Capitán Garfio, con las gaviotas, incluida la que lleva su nombre que la miraba celosa, una capillita y una placa que recuerda los fusilamientos habidos en aquella zona durante la Guerra Civil, es lo bueno de vivir en un pequeño puerto de mar, si uno aprende a mirar más que ver y le pone un poco de corazón vive rodeado de grandes historias para contar a una niña de tres años.

-Mira Ale, ese es el faro -le señalé.
-¡Elliot, Elliot! –se puso a gritar la pequeña, -somos tus amigos y el viento llevó su vocecita por todos los recovecos del acantilado. Las gaviotas se pusieron su gorra de carteras, sacaron su zurrón y llevaron el grito de Ale más lejos: ¡Elliot, Elliot!. Todas menos una que se quedó sobre el tejado del faro, ya se imaginan quién.
-¡¡Elliot, Elliot, Elliot! –grité yo más fuerte, acompañándola, para no ponerme a llorar, arrepentido de haber llevado hasta allí a la pequeña y ver con que ilusión llamaba al dragoncito verde que yo sabía que no estaba, no al menos aquel día.

Pero recordé que en algunos momentos de la película el dragón se hacía invisible para no ser visto por los demás, así que eso fue lo que le dije a Ale y la dejó más tranquila. Así que decidí regresar al pueblo cogiendo a Elliot de mi mano, claro que al momento Ale me pidió coger la mano del dragón, así que le dije: "vale, ¡cógela!, ¿lo tienes?", y ella me dijo: "Sí, papá" ¿?.

Bajamos los tres por donde habíamos subido, soplaba el Nordeste, Ale con su mano derecha suspendida en el aire como si llevase cogido un dragón sin saber que lo que cogía era algo más importante: un puñado de su ilusión y de la mía; y yo con mi mano derecha cogiéndola a ella y la izquierda en el bolsillo, tratando de sujetar el tiempo que se me iba por un roto y que una de las gaviotas llevaba muy alto, ya se imaginan cuál, ¿no?.
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1 comentario

Gemma -

Ese tiempo no lo pierdes, lo recuperas cada vez que recuerdas y escribes.
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