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Una Campanilla llamada Ale

Tu primer día de clase

Tu primer día de clase Ayer Ale, cuando te llevé a la cama, me saqué un cuento de la chistera. Papá es mago –pensaste enseguida, siempre tiene un truco preparado para mí. Íbamos a leer finalmente aquel cuento que un día encontré, para mi sorpresa, en la librería de William Thacker cuando estuve en Londres: “Mage y su primer día de colegio” (ediciones SM). ¡No puede ser! –exclamé, al descubrir aquel libro en español en pleno corazón de Notting Hill un cinco de abril. Así que lo compré y te lo guardé, en secreto, en un pequeño huequecito que tengo en mi corazón, donde guardo tus cosas, pegadito al lugar por donde entran y salen mis amantes según les place.

Me metí en tu cama y nada más desenvolver el paquete, antes de empezar a leer, sin que lo notases, cambié el título del libro: “Alejandra y su primer día en el colegio La Gesta” (ediciones Walton), era el título del cuento -te dije. Es lo bueno que tiene saber leer y que tú, aún, no sepas –reí divertido.

Te dormiste antes de que lo acabase, estabas agotada. Seguro que vivías aquellas horas con la misma intensidad conque vives la llegada de los Reyes Magos cada cinco de enero. Me acurruqué a tu lado, pegué mi pecho a tu espalda, pasé mi mano por tu barriguita y acompasé mi respiración a la tuya hasta quedar dormido también. Aquella noche mamá me dejó dormir en tu cama y no hizo nada por separarme de tu lado, ella sabía de la importancia del día siguiente para los dos, así que se fue a dormir con sus celos.

A media noche la claridad de la luna entraba por tu ventana y me despertó. Comprobé que seguías bien tapada, te di un pequeño beso y sin que ninguna de las dos mujeres de la casa me oyesen me acerqué a tu pequeña silla pegada a la ventana con la cara de mudito en el respaldo y olí tu uniforme, acaricié tus zapatos azules del 27, toqué tu maleta de Minie y abrí tu estuche de Winnie The Pooh. Al hacerlo descubrí que mi hija era la encargada de pintar el arco iris en el cielo de Oviedo. Temí que la luz que salió de aquel estuche os despertase a ti y a mamá, así que robé la pintura verde que tanto te gusta lo más rápido que pude y mi mano escribió la letra de esa canción que parece una nana escrita para ti, con la certeza de que al día siguiente, al abrir aquel estuche lleno de colores esperanza harías, sin más, una bola de papel y se la tirarías a la cabeza de Borja. ¡Bendita inocencia!, ¡piérdela lo más tarde posible hija! -suspiré. Te la dejé escrita igualmente.

“¿Sabes? vida mía que cuando cae el sol y se apaga el día la luna brilla pura y limpia, pues tu la iluminas con tu amor, con tu belleza y con tu olor, con tu cariño, tu alegría y con tu voz. Pero si tu nos estás, si tú te vas la luna mengua y desaparece, y las estrellas la encontrarán y descubrirán que mis lágrimas mecen en algún lugar, sin más amparo que, mi propia soledad.”

Volví para tu cama y te susurré al oído muchas cosas: “Es muy importante ir al colegio hija”. “Necesitas ir al colegio para conocer cómo subir a la segunda estrella a la derecha sin que nadie te enseñe el camino y lo más importante, no bajar de allí aunque crezcas”. “Tienes que estudiar hija porque quizás un día me pidas timonear el Carpe diem y no quieras ni tan siquiera que yo sea tu proel” -lo entenderé. “Debes ir al colegio para aprender a escribir y escribirme y para que te enseñen a leer y leerme hija”. Sé que me escuchas dormida hija: “tienes que ir al colegio y tienes que ir la más bonita, la más contenta, la más alegre, aunque no sea yo quien te lleve”.

Hija, tampoco te acosté ayer. No dormí contigo, no pude oler tu ropa, ni abrir tu estuche. Esta mañana cuando desperté entre mis brazos estaba un cuento pero no era el de “Mage y su primer día de colegio”. El libro tenía dos nombres de mujeres y no eran ni el tuyo ni el de mamá. Paula. Isabel.

Apenas el sol comenzaba a despertar al mar decidí que aquella mañana mi café no llevaría ni leche ni azúcar. Sería un café más bien amargo, un poco salado, que lentamente, sorbo a sorbo, me inyectaría en mi medio corazón, mientras pensaba en lo linda que estarías en tu primer día de clase en tu colegio nuevo, aunque no fuese yo quien te llevase.

Aún drogado por aquél café de la mañana, al llegar la noche y con sólo la luz de las velas, quise escribirte esto hija, para que un día pudieses leer cómo fue tu primer día de colegio, y recordases, pero también para que ese día pudieses sentir cómo lo viví yo, tu papá. Y para que puedas recordar cómo fueron mis lágrimas de igual forma que yo soy capaz, ahora, de sentir cómo serán las tuyas, mientras lo leas, pero para eso tienes que ir a la escuela hija, aunque no sea yo quien te lleve.

Te quiere.

Papá
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1 comentario

Sory -

Madre mia! precioso, en serio. Reconozco que me he emocionado al leerlo. Seguro que Ale estara orgullosa de ti ! Un besote
(por cierto, la nota preciosa tambien, una de las mejores canciones de Ubago)
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